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- La Patria Libre (Número 7)
Hay que declarar cerrada la etapa desmembradora.
La primera victoria de España debe consistir en la reafirmación de su unidad. Sin ella está en peligro la Patria española y la dignidad de todo el pueblo
Unidad
La lucha por la unidad de España tiene un carácter doble: uno, la defensa de la trinchera última, del reducto postrero que nos queda a los españoles como garantía de que la Patria existe. Otro, la necesidad de hacer de esa trinchera y de ese reducto un plan ofensivo de reconquista nacional.
España sin unidad no existe. Y sin la unidad de España, los españoles, todo el pueblo, caerán en la degradación moral más triste y en la ruina económica más negra.
Porque no hay ni puede haber tragedia comparable a la de un pueblo que asiste a la desaparición histórica de su propia Patria. Y porque la balcanización de España supondría la esclavitud política y económica del pueblo por los vecinos más fuertes.
Repitamos, pues, el angustioso panorama que traería consigo la derrota de la unidad y que pudo ya cernirse sobre España y sobre los españoles si hubiere triunfado en octubre la insurrección criminal de Companys:
DEGRADACIÓN MORAL Y ESCLAVITUD ECONÓMICA DE TODO EL PUEBLO.
Siempre hemos tenido la sospecha de que la inspiración más profunda y el aliento más claro que impulsaban en España a los sostenedores y propagadores de los regionalismos separatistas -el catalán y el vasco- había que fijarlos y localizarlos en el extranjero, es decir, que tenían una explicación internacional.
Pues ahí está ahora el momento europeo, bien repleto de incitaciones y promesas. Creemos que no debe olvidar España uno de los ingredientes más fundamentales de su política internacional: el de defender su unidad contra las asechanzas de aquellos a quienes evidentemente conviene la balcanización española.
La lucha por la unidad constituye hoy la bandera política más urgente y honda. La quiere y aplaude todo el pueblo y aseguran su victoria, tanto esa unanimidad popular como el saberla ya después de todo triunfante en otras ocasiones históricas igualmente graves. Pues no se olvide que en tiempos de Felipe IV, cuando cada jornada suponía para España una derrota en su imperio y un desgajamiento territorial, hubo también peligro para la unidad de España. Pues bien, a pesar de haberse desencadenado el proceso disgregador del imperio y de separarse Portugal, hubo un límite emocionante: la unidad de España triunfó de la revuelta separatista en Cataluña, donde hubo ya ignominiosamente virreyes franceses.
Nuestra fe en el triunfo de la unidad de España es absoluta, aun sabiéndola hoy todavía en riesgo, no aplastados sus enemigos ni deshechos los fuertes poderes interesados en que el proceso disgregador continúe.
Es más. Tales calidades de victoria damos a la bandera de la unidad que estamos seguros de que quien sepa y logre unir a ella con vigor cualesquiera otro ideal político lo verá asimismo victorioso. ¿Cómo vamos, pues, nosotros, el nacional-sindicalismo jonsista, a renunciar a desplegarla con el mayor aliento?
(«La Patria Libre», n. 7, 30 - Marzo - 1935)
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Lo comunicamos reciamente a nuestros lectores y a todos los camaradas jonsistas. Hemos tomado la decisión firme de llevar a Barcelona LA PATRIA LIBRE y de centrar en Cataluña la actividad de las J.O.N.S. Las razones son visibles y claras. Se encuentran principalmente en la característica esencial que nos distingue: la eficacia de nuestra acción, el deseo vivísimo de no perder ni un segundo de tiempo de espaldas a la tremenda y angustiosa realidad de España.
Rápidamente diremos a nuestros lectores unas frases explicativas y justificativas de este propósito de LA PATRIA LIBRE, al que tenemos la voluntad más profunda de conferir una significación histórica.
Por qué dejamos Madrid
Hace mucho tiempo que tenemos la sospecha de que por circunstancias muy varias la realidad madrileña, su ambiente social, las características especiales de su población, la vida relativamente fácil de su burocracia, su carencia absoluta de alma vigorosa, etc., era la menos apropiada para cobijar y lanzar desde ella la voz de España.
Madrid y España son dos cosas diferentes. El valor histórico más importante que quizá ha realizado, el de mantener un poco coherente y unida la vida española, está asimismo en quiebra y somos muchos los que comenzamos ya a pensar si en adelante, en vez de cumplir esa misión de unidad, no irá resultando Madrid el liquidador definitivo de la unidad española.
Por lo pronto, bien reciente está el hecho de sus catorce diputados constituyentes votando el Estatuto de Cataluña y también lo ajena que permaneció su sensibilidad a través de las jornadas disgregadoras de aquel Parlamento. Su única protesta no fue una protesta capital, nacional, surgida por motivaciones propias de su carácter, rector y director de España. Fue la protesta de unos comerciantes en la plaza de toros, que manifestaban el temor de arruinarse si se concedía el Estatuto separatista.
Madrid está en poder de las grandes burocracias de los partidos, inconmovible naturalmente en sus rangos de privilegio y acorchada y cerrada su atención a voces y consignas que no sean las más cómodas y fáciles.
Madrid, además, es la concentración del éxodo provincial, las buenas gentes de las provincias que buscan en él la comodidad ciudadana y la vida tranquila de los destinos públicos.
Madrid amenaza con ahogar en indiferencia todo lo que en él surja con afanes de superar sus propias murallas. Y así, todo lo que aquí triunfe y salga a las provincias son productos marchitos, aislados de la congoja nacional, cercenados en su más fecunda esencia.
Cuando hace años se iniciaba en nosotros la inquietud por fundar y dar vida en España al movimiento nacional-sindicalista, nuestro primer deseo era poder verlo arrancar del seno de una provincia, nacer en cualquier parte de España, menos en Madrid. Confesamos que la primera contrariedad nuestra fue vernos obligados a bautizarlo, alimentarlo y propagarlo desde aquí, desde Madrid.
Y es que las provincias, aparte de que en casi todas ellas falta vigor interno, capacidad nacional de resonancia, viven del papanatismo madrileño, aceptan con tranquilo ademán que desde Madrid se les exporte día a día la mercancía más averiada.
LA PATRIA LIBRE, pues, tiene pocas cosas que hacer en Madrid. No quiere ser voz madrileña. Renuncia voluntariamente a ese carácter. Y va a Barcelona, donde por un gran manojo de razones espera ser, mejor que en cualquier otra parte, útil a las dos rutas que nos importan: la unidad de España y el triunfo del nacional-sindicalismo jonsista.
¿Por qué elegimos Barcelona?
Una vez decididos a situar nuestro esfuerzo en las provincias, la elección de Barcelona no tenía para nosotros duda posible. Barcelona es hoy el lugar de España más indicado para ir a él con estos dos nortes: la emoción nacional de una Patria única y la preocupación social por el destino de las grandes masas laboriosas.
Pues es allí, en Barcelona, donde se incuban y nacen los sistemas ideológicos contrarios a la unidad donde han logrado movilizar multitudes, donde de otra parte existe una atmósfera preñadísima de agudeza para toda bandera de porte social auténtico que se despliegue con talento.
Hoy en Barcelona se dan las condiciones más adecuadas para nosotros. Es, además, nuestra presencia allí una garantía de decisión, de firmeza y eficacia tal que confiamos mucho nos proporcionará en seguida el auxilio, la colaboración y la camaradería de cuantos grupos y gentes hay ya allí preocupados por batallas similares a las nuestras.
La presencia de LA PATRIA LIBRE, órgano de las J.O.N.S., en Barcelona supone que no hurtamos la cara al riesgo y que vamos con decisión allí donde nuestra bandera de las flechas yugadas es más precisa y más útil.
Queremos dar a nuestra marcha la máxima trascendencia que podamos. Nos disponemos a unir allí con más fe que nunca el designio nacional, es decir, la fidelidad y el servicio a la Patria de todos los españoles, con el designio social, es decir, la necesidad de que intervengan las masas laboriosas en la vigorización y conquista de su propia Patria, nutriéndola de dignidad y de justicia.
Esperamos encontrar en Barcelona, primero: la atención suficiente para que nuestra voz sea oída y después la adhesión en grado necesario para consolidarla y llevarla a la victoria.
Claro que la actividad en Barcelona de LA PATRIA LIBRE va unida a la difusión y propaganda de las J.O.N.S. Nos proponemos lograr para las J.O.N.S. fuerza y prestigio entre las masas de Cataluña. Nuestra marcha a Barcelona, a los casi tres meses de ruptura con Falange Española, nos evitará choques inútiles con esta organización y que una vez reconocida por nosotros que la mayoría del Partido prefiere aquella disciplina no deseamos nada.
En Cataluña, dedicados a un esfuerzo nacional-sindicalista, se nos aclarará el futuro de este pleito interior de Partido, se nos aclarará también el futuro inmediato del destino español y el de nuestra personal intervención en él.
(«La Patria Libre», n. 7, 30 - Marzo - 1935)
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El pasado día 23 hizo un año de la muerte de este joven camarada. Era el jonsista más joven y le recordamos en aquellos meses primeros de las J.O.N.S. cuando teníamos nuestro domicilio en la calle de los Caños y era el jonsismo una aurora lenta y difícil. Jesús Hernández pasaba innumerables horas en las oficinas del Partido y laboraba con magnífica ingenuidad en toda clase de tareas.
Murió de un tiro, un mes después de la tristísima confusión con F.E. Podemos considerarlo una víctima de esa confusión triste. Pues ella hizo posible que ese camarada niño tuviera en sus manos inexpertas de muchacho de quince años un aparato que en las J.O.N.S. nunca hubiéramos cometido la ligereza de darle. Y al pobre camarada le ocurrió fatalmente lo que era de temer le ocurriese: se le disparó mortalmente la pistola.
¡Pobre camarada Jesús Hernández! ¡El jonsista más joven que asistía con su propia aurora de niño a la aurora triunfal de las J.O.N.S.!
¡Recuerdo permanente a tu memoria, camarada!
(«La Patria Libre», n. 7, 30 - Marzo - 1935)
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En presencia del falangismo
Ante la campaña injusta y durísima que en el seno del falangismo hizo Primo de Rivera contra nosotros, no tuvimos otro remedio que redactar por nuestra parte frases igualmente duras.
Hoy declaramos finalizada nuestra posible y lícita protesta en ese sentido. No volveremos a ocuparnos de un modo sistemático de Primo de Rivera ni del falangismo, por grandes que sean las injusticias que contra nosotros cometan.
Deseamos dedicar nuestro afán a las batallas para las que de verdad hemos nacido. No nos va a molestar nada la presencia de cualesquiera otros, que desde planos diferentes ensayan o pretendan victorias supuestamente análogas a las que nosotros buscamos.
LA PATRIA LIBRE, órgano de las J.O.N.S., no acompaña, pues, a nadie por sendas de injusticia ni de escándalo. Ténganlo todos por seguro. Si ello es preciso, encomendaremos nuestra defensa, no a réplicas de perfil escandaloso, sino a la persistencia en una conducta honrada y limpia.
Estamos seguros de desplegar y de haber desplegado ya tal honradez en nuestro periódico que sólo quienes se acerquen a él con ánimo perverso pueden recusar nuestra palabra. Hacemos esta declaración atónitos ante unas líneas que aparecen en Arriba, el órgano de Falange, y que alcanzan tal calidad injuriosa que nos reafirma en la decisión de no seguir por ese camino a quien las haya redactado.
Además, hemos advertido que algunos grupos de F.E., que en todo momento, aunque quedaron en la disciplina de Primo de Rivera, nos han hecho llegar su deseo de considerarnos siempre camaradas, sentían hondo disgusto en presencia de una campaña como aquella a que nos hemos visto obligados. El juicio de esos camaradas nos merece la atención y el respeto más profundo. Y procuraremos seguirlo en lo posible. Aunque ahora sea allí donde quizá predomine la táctica contraria.
Así somos. Sabemos muy bien las tareas que nos corresponden. Ellas tienen que constituir y ser el norte primordial de nuestra acción. Nadie nos hable, pues, de otros pleitos, siempre minúsculos ante la magnitud del gran pleito nacional y social que tenemos ante la vista.
(«La Patria Libre», n. 7, 30 - Marzo - 1935)
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Difícilmente hay país alguno donde se advierta un fenómeno social y económico idéntico al de España. Pues se trata nada menos que de esto: una población reducida en un territorio situado en una zona mundial de privilegio, una economía sencilla sin complicaciones catastróficas ni crisis y, como consecuencia absurda, 700.000 obreros parados y un nivel de vida deficientísimo en todo el pueblo.
No somos nosotros de los que cantan a ciegas irresponsables alabanzas a todo lo que España tiene. Conocemos las limitaciones y hasta la pobreza natural absoluta de una gran parte de su suelo. Sabemos lo difícil que es aprovechar su posición marítima como fuente de una vida comercial próspera cuando el «hinterland» de esas costas es en realidad de exiguas proporciones para alimentar un intercambio robusto. Sabemos eso y todo lo que haya que saber para justificar fríamente lo difícil que resulta garantizar a los españoles un bienestar mínimo.
Pero nosotros decimos:
La parte más grave y más negra del actual momento social-económico no tiene sus orígenes en esa realidad posiblemente cierta que nosotros mismos hemos expuesto. Radica en la ausencia absoluta de un esfuerzo coherente y firme por dar a España y a su economía una dirección lógica.
Hace años que viene circulando retóricamente eso de la economía dirigida. Pero hasta ahora todos los que la han utilizado no han dirigido nada. Y eso es, sin embargo, lo que España y su economía precisan con la urgencia máxima: una dirección, un plan. Y sabiendo que dirigir la economía no consiste sólo en dictar decretos, pues eso es igualmente propio de una economía liberal, que ya sabemos no es una economía libre, sino simplemente una economía mal dirigida.
Pero en España necesitamos no sólo una dirección económica, un plan económico. Eso no basta. Se necesita y requiere a la vez una dirección política, un plan histórico para la vigorización nacional de España y la elevación material de los españoles.
Parece innegable que la realidad nacional se nutre de malestar, incertidumbre y falta de rumbo. Nosotros quisiéramos llevar a la conciencia de todo el pueblo un afán voluntarioso de salvación y una perspectiva exacta que le permitiese advertir la angustia de su problema.
Pues hay una verdad evidente: la desazón económica alcanza a zonas enormes de españoles y urge oponerle diques rápidos.
Nosotros aseguramos que había de ser relativamente fácil borrar de España toda posibilidad de ruina y de miseria. Bastaría que la dirección de la economía pasase de las manos ineptas y egoístas de un sector nacional a otras más robustas y fieles a los intereses de todo el pueblo.
Si en España se decidiese con vigor una batalla contra el hambre y la vida económicamente angustiosa de la mayoría del pueblo estamos seguros de que con sólo sus preparativos se lograría el éxito. Es sencillísimo hacer que en España vivan, no ya 20 millones de españoles, sino 40 millones. Las posibilidades económicas de España no esperan para duplicarse sino la existencia de una voluntad efectiva de lograrlo.
Repetimos que la ruina de las industrias, la crisis general del campo y los 700.000 obreros parados son en España un absurdo monstruoso.
(«La Patria Libre», n. 7, 30 - Marzo - 1935)





