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- La Patria Libre (Número 6)
Sometemos a crítica el movimiento en que hasta ahora hemos participado, denunciando sus jerarquías incapaces, su programa deficiente y sus tácticas erróneas.
La ruta Nacional-Sindicalista
Nos mostramos partidarios de revisar las bases y las orientaciones sobre las que nos hemos apoyado nosotros y nuestros afines. Hay que dar paso a un nacional-sindicalismo vigoroso y pujante.
Lo peor que puede ocurrir a una organización política es entrar en una zona de inercia. Ello equivale a perder el contacto con los entusiasmos calientes, a abandonar la pretensión de dirigir los acontecimientos y dejarse en cambio llevar por ellos a la deriva. Esa zona de inercia es zona de sombra y, sobre todo, para los partidos dinámicos, para las organizaciones totalitarias y ambiciosas como la nuestra, penetrar en ella es síntoma inexorable de muerte.
Quienes nos movemos en las organizaciones nacional-sindicalistas, y sobre todo nosotros, los de las J.O.N.S., como los primeros fundadores de aquéllas, sentimos la necesidad de impedir que nuestra bandera sea fácilmente arriada. Por eso ahora, en presencia de la realidad española, en presencia de las enseñanzas y experiencias de nuestra actuación de dos años y, por último, en presencia también del panorama interno que puso al descubierto la ruptura conocida entre las J.O.N.S. y Falange Española, nosotros decimos con emoción y sinceridad a todos los españoles interesados en el triunfo del nacional-sindicalismo.
El camino seguido hasta aquí parece deficiente. Resulta quizá estrecho y hay en él excesivas encrucijadas, es decir, excesivas vacilaciones.
La proyección diaria y permanente sobre la realidad de España, que debió ser una de las preocupaciones primeras, ha faltado casi en absoluto. Los dos años últimos han sido bien pródigos en episodios hondamente destacados y visibles y, sin embargo, la disciplina nacional-sindicalista, el movimiento en que nosotros y nuestros afines hemos estado enrolados, no ha obtenido de ellos las consecuencias fecundas que podían esperarse.
Parece que todo lo referente a las jerarquías, a la técnica de organización, a la agilidad y flexibilidad tácticas del movimiento ha adolecido también de grandes errores.
Unase a todo esto que las circunstancias españolas, las condiciones que hoy aparecen como rectoras del ambiente y de la realidad de nuestra Patria, han sufrido asimismo modificaciones profundas. Y si convenimos en que el movimiento no desarrolló la eficacia debida cuando esas condiciones y circunstancias eran más normales y más próximas a las que él se encontró al nacer, es lógico que ahora, distintas y diferentes en absoluto, encallase con más facilidad.
* * *
Hemos señalado las posibles críticas al movimiento que hasta hace poco ha sido el que incluía a todos los nacional-sindicalistas españoles. Podemos resumirlas así: 1) Jugo programático deficiente. 2) Aislamiento de la realidad nacional y como consecuencia imposibilidad de obtener de ella los necesarios triunfos. Y 3) Jerarquías torpes, técnicas mediocres de organización y tácticas erróneas.
Quien creyere que nuestra ruptura con Falange Española obedecía a mero capricho y que carecía de dimensiones profundas padece una equivocación notoria. Nosotros, los jonsistas, hemos observado las limitaciones dichas, hemos visto con claridad que era llegada la hora de cambios radicales en la orientación, en la táctica y en los dirigentes y, como nada de eso podía lograrse allí, hemos dado de nuevo vida a las J.O.N.S. La cosa es clara, sencilla y limpia, pues las J.O.N.S. y sus hombres aparecen más desprovistos de responsabilidad.
* * *
Afirmamos, pues, que los nacional-sindicalistas tenemos que revisar nuestros principios, tenemos que revisar nuestras tácticas y tenemos que conseguir eficacias nuevas.
Y ello en orden a estos tres propósitos:
1) Convertir nuestra bandera en la bandera de todo el pueblo, sin ligazón especial a las zonas privilegiadas de la sociedad. Tenemos que esforzarnos por interesar en nuestras tareas a esas enormes masas de españoles que son hoy víctima de la agitación antinacional, de los grandes poderes económicos y de la desidia liberal-burguesa. Las flechas yugadas del jonsismo tienen que ser un emblema de liberación y de justicia para todo el pueblo.
2) Hay que conseguir victorias decisivas contra las organizaciones marxistas, considerando su propaganda entre las masas laboriosas como una verdadera propaganda de traición contra los intereses más altos del pueblo y de la Patria. Hay asimismo que combatir con idéntico afán las tareas desmembradoras de los separatismos, pues en una hora internacional como la presente constituyen notorios servicios a los planes del extranjero, que desea una España balcanizada, dividida y débil para poner las energías y el trabajo de nuestro pueblo a disposición de su piratería financiera.
3) El nacional-sindicalismo tiene que proyectar sobre todos los españoles las firmes ventajas de su régimen. Tiene que demostrar que sólo mediante una red de Sindicatos nacionales, es decir, de organismos que se muevan en una órbita de servicio a los intereses del pueblo y de la Patria, puede darse fin al paro forzoso, pueden iniciarse las bases de una reconstrucción industrial, pueden mejorar sus condiciones de vida los labradores y campesinos y, por último, puede darse eficazmente la batalla a esa inmensa legión de acaparadores, de especuladores e intermediarios que tiene hoy esclavizada y sometida a la inmensa mayoría del pueblo.
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Las modificaciones que se observan en el ambiente político y económico de España obligan asimismo a revisar las tácticas. Lo que hace ocho meses hubiera quizá sido un acierto puede hoy ser un error carísimo. Las gentes van perdiendo su fe en las instituciones liberal-parlamentarias. Reclaman un orden nuevo y lo reclaman quizá con más urgencia de lo que parece. Hay sobre nosotros el peligro de que otros, que carecen de nuestra fe nacional, que ignoran y desconocen las angustias populares verdaderas, que esgrimen unas ideas forzosamente ingratas para muchos, se apoderen de esa reclamación y la hagan suya.
¿Qué hacer, pues? Es evidente que no resulta fácil exponer aquí las líneas fundamentales de la nueva táctica que propugnamos. Compréndanlo nuestros lectores y nuestros camaradas.
Fe absoluta en las J.O.N.S., en sus nuevos organismos deliberantes y en su secretario general, el camarada Ramiro Ledesma Ramos, que tiene hoy en sus manos la orientación política.
(«La Patria Libre», n. 6, 23 - Marzo - 1935)
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Primo de Rivera, único culpable de la desunión jonsista, es la dificultad. Quienes contribuyan a sostenerlo son notorios enemigos de la unidad y sirven los intereses de la masonería y del marxismo, a los que favorece la existencia de unas J.O.N.S. fraccionadas, divididas y resquebrajadas.
La cuña que intenta dividir y resquebrajar las J.O.N.S. es Primo de Rivera, que sabiéndose fracasado, incapaz y sin condiciones, se afana por vanidad en sostener una jefatura imposible.
Hay que afrontar el problema de cara, sin perder detalle. Primo, con malas artes, con insidias, con falsedades calumniosas, ha conseguido retener en sus filas a algunos jonsistas. A ellos nos dirigimos. Y también a los que viendo el espectáculo lo interpretan de un modo erróneo.
Primo ha logrado eso de dos maneras. Una, la que hemos dicho: lanzando cieno sobre los dirigentes de las J.O.N.S., acusándolos cínicamente de todas las lacras que sin duda él conoce bien por padecerlas. Otra, especulando con la bandera de la unidad. Es decir, pretendiendo que él es quien representa la eficacia de un movimiento compacto y unido.
Nosotros sentimos la necesidad de salir al paso de esas dos ilícitas posiciones primorriveristas. Sobre la primera ya hemos dicho en números anteriores lo que podemos decir: que nos produce asco, ASCO, tener que desmentir esas patrañas. Los ataques que los dirigentes falangistas han lanzado a los de las J.O.N.S. son propios, dijimos y repetimos, de seres rufianescos, de seres residuales, que viven a extramuros de toda solvencia moral y de todo propósito limpio.
Hoy vamos a abordar aquí la segunda trinchera, esa por la que Primo se dice y cree campeón de la unidad del movimiento. Nada más erróneo y falso.
Primo de Rivera es el único culpable de la ruptura, de la desunión de las J.O.N.S. El representa el obstáculo, la dificultad, puesto que él es quien por móviles exclusivamente personales, por vanidad femenina, por amor propio absurdo, no abandona un puesto para el que se sabe sin capacidad ni condiciones.
La unidad la representamos nosotros. La unidad jonsista, claro, que es la única que nos interesa. El falangismo no existe, y si existe nos importa poco. Primo, fundador del falangismo, lo ha liquidado porque sabe que es una vía falsa, un camino ineficaz y mostrenco. Pero se olvidó de liquidarse a sí mismo, de marcharse también a casa, de desaparecer de la escena política, como es evidente han ido desapareciendo uno a uno los falangistas.
Pero no debe ignorarse la verdad: Primo vive de las migajas jonsistas. Vive políticamente de los núcleos Jonsistas más invaliosos o más tímidos, que no nos siguieron a nosotros desde el primer día de la ruptura.
Ya no es problema la ruptura o no con Falange Española. De F.E. no queda más que Primo de Rivera, y, si acaso, unos pocos fieles. Lo demás que hay aún con él es jonsismo, los camaradas nuestros más lentos o más tímidos que todavía no lo han abandonado por inercia, pero que naturalmente ven con emoción y con esperanza la aurora jonsista que nosotros representamos.
Primo es, repetimos, el culpable de la desunión de las J.O.N.S. Sabedlo, camaradas. En cuanto no quede un solo jonsista con Primo de Rivera, la unidad de las J.O.N.S. es un hecho, y el robustecimiento de nuestro Partido enorme, porque nos consta que hay extensos sectores populares que esperan el momento en que la denominación jonsista aparezca absolutamente desvinculada de Primo para sumarse a las J.O.N.S.
¡Hay que dejar a Primo reducido a sus efectivos de Falange Española! ¡Ni un solo jonsista con él, alimentando la desunión y resquebrajando nuestro frente! ¡Que los únicos jonsistas que queden con Primo sean los que lo sean sólo de nombre y los que tengan en su pecho encerrada la traición!
Se atreve aún Primo a negar la escisión de las J.O.N.S. Proclama que la unidad de las J.O.N.S. con Falange Española es irrevocable. Y ha tenido el cinismo de decirlo el 3 de marzo último en Valladolid, desde el escenario del teatro Calderón. Negaba la realidad de nosotros, de las J.O.N.S., que han pisoteado su jefatura. ¿Pero no recordaba que en aquel mismo teatro, justamente un año antes, el 4 de marzo de 1934, se había celebrado un mitin en el que hablaron cinco oradores, y de los cinco, TRES -Ramiro Ledesma, Gutierrez Palma y Bedoya- están abiertamente en las J.O.N.S., contra él, y UNO -Onésimo Redondo- lo está también en espíritu, según comprobará quien le hable de cerca? ¿No verá eso Primo al hablar y decir que no había escisión? ¿Y no lo veían, asimismo, todos los que oían sus palabras?
Primo no es la unidad. Primo representa la debilidad, la división. Por lo tanto, quien desee y apetezca la debilidad y la división jonsista que siga con Primo, que lo sostenga y ayude.
Fíjense todos en que sólo hablamos y nos referimos a la unidad jonsista. El falangismo se lo dejamos voluntariamente entero a Primo de Rivera. Para que, nuevo Albiñana, siga creyéndose también salvador en potencia de todas las Españas.
(«La Patria Libre», n. 6, 23 - Marzo - 1935)
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Mítines y más mítines, todas las semanas, de todas las ideologías. Y todos llenos y repletos. La masa acude ávida de soluciones, consciente de su responsabilidad, a escuchar y a influir en la marcha de la comunidad nacional. Es el pueblo tratando de labrar su propio destino, empujando a sus «líderes», intentando comprender los problemas que les afectan, y acomodándose a una posición u otra para facilitar su solución.
¡Que intente alguno impedir al pueblo que actúe como dueño de sus propios destinos! No podrá. Sólo intelectuales como Eugenio Montes, «pensadores» mercenarios, pueden lamentarse de que el pueblo no es ya analfabeto. Es tarde para los selectos que aspiran a hacer y deshacer sin contar para nada con el pueblo.
Es que el pueblo se da cuenta cada vez más de que todos los agrupados en un mismo Estado tenemos los mismos intereses. Y que el bienestar general depende del esfuerzo, el sacrificio y la comprensión de todos. Y que el Estado no es más que la «comunidad organizada» formada por la integración de cada uno en una «unión vital».
Del Estado minoritario y artificial se pasó con la Revolución Francesa al Estado Nacional. Todavía el Estado podía ser de clases o minorías y dejar a extensas zonas populares desorbitadas y ajenas a su ritmo y acción, aunque ya no era, ni podía ser artificioso, pues se asentaba solamente sobre la realidad natural de una nación, es decir, sobre los límites de una comunidad de historia, lengua y destino. Pero ahora, dentro del Estado Nacional, se marcha hacia el Estado integrado, alentado y SOSTENIDO por «todo» el pueblo. Todo el pueblo unido en una misma «comunidad organizada» caminando, abriéndose paso, consiguiendo el pan de cada día y asegurándose el del porvenir a fuerza de actividad y de sacrificio, o sea, a fuerza de unidad de visión de los problemas y de unidad de voluntad, sobre la base real, indiscutida, de una unidad de intereses. Así pues, todos los españoles en un mismo frente. Sin guerras civiles y suicidas de clases y partidos. Sin separatismos de ninguna clase. Todos compenetrados en una misma comunidad: en un Estado Nacional y Popular; «de» todo el pueblo y «para» todo el pueblo.
(«La Patria Libre», n. 6, 23 - Marzo - 1935)
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Ofrecimos en nuestro número último una información detallada acerca de la situación actual de la sección de Valladolid. Lo estratégico de esta ciudad, en medio de Castilla y de cara a todo el norte de España, confiere a cuanto en ella ocurra un especial relieve, y por eso traemos y destacamos aquí sus peripecias. En Valladolid se celebró asimismo el único mitin de masas convocado por la bandera de las flechas yugadas, y fue también un grupo de esa ciudad quien se adhirió de los primeros al frente jonsista fundado por Ledesma Ramos.
Y, ahora, hagamos un poco de historia. Es sabido que las J.O.N.S. surgieron a consecuencia de las campañas nacional-sindicalistas de LA CONQUISTA DEL ESTADO, publicación aparecida en 1931 y muerta a mano airada por las persecuciones policiacas a que la sometió Galarza. El grupo redactor de LA CONQUISTA DEL ESTADO fundó entonces las J.O.N.S., al objeto de no diseminarse y proseguir con eficacia sus tareas. Eligieron como emblema y símbolo del movimiento las flechas y el yugo, entonces ignorados por las gentes -recordamos curiosamente que en carta oficial al Partido comunicó O. Redondo Ortega la extrañeza que mostraban en Valladolid ante tal emblema, a pesar de ser esta ciudad la que lo posee con profusión en muchos de sus muros históricos-, y se dispusieron con entusiasmo a la propaganda.
Por los días mismos de LA CONQUISTA DEL ESTADO comenzó a publicarse en Valladolid un semanario, Libertad, que aunque situado francamente entonces en una zona ultraderechista, destacaba en sus páginas una inquietud nacional nueva, un tanto distinta de la que suele percibirse en esos medios. Saludaron, además, con simpatía nuestra presencia, la de LA CONQUISTA DEL ESTADO, y desde entonces se iniciaron las relaciones políticas que luego un poco más tarde, en las J.O.N.S., adquirieron el rango de camaradería bien conocido de todos.
El grupo de Valladolid, que entró en relación con los fundadores jonsistas, estaba dirigido por Onésimo Redondo. Este camarada ha sido realmente quien dio a la sección de Valladolid todo su carácter, y quien logró hacer pronto de ella un núcleo de entusiasmo y actividad. Pero esa primera etapa jonsista de Valladolid está llena de desviaciones con relación al sentido verdadero de las J.O.N.S., desviaciones obligadas, si se tiene en cuenta que Onésimo tuvo por primeros colaboradores a muchachos todos ellos «luises», y él mismo estaba formado en la escuela de Ángel Herrera, y en la política sana y razonable que éste y El Debate representan. No hay más que ver el tono y el espíritu propio de las J.O.N.S. para darse cuenta que si con algo son éstas incompatibles, es tanto casi como con el marxismo y los sectores francamente antinacionales, con ese existir antiheroico, ese burocratismo algodonoso y esa indiferencia ante la angustia española que constituyen los ingredientes de toda la edificación Herrera-Gil Robles-Debate.
Onésimo luchó, repetimos, con esas limitaciones y a esas y a otras sobrepuso quizá su temperamento y su absoluta sinceridad. Pues Onésimo Redondo, y aquí radica su cualidad mejor, tiene una purísima emoción española y siente como nadie la más honda preocupación y la más profunda angustia por los afanes de todo el pueblo. Se hizo cada día más partidario de la estridencia fecunda de la política caliente y del nacional-sindicalismo. Quizá esto no se percibía con la claridad debida, y de ahí el hecho cierto de que a veces los sectores jonsistas más ortodoxos miraban con algún recelo las tareas de Valladolid. Pero, en fin, no es el propósito de esta información seguir las peripecias de orden ideológico, sino más bien los episodios que aclaren la situación de hoy con relación a la ruptura actual del movimiento.
Recuerdan seguramente todos los jonsistas el desarrollo de las J.O.N.S. en los primeros dos años, cuando hicieron que penetrase en las Universidades españolas la emoción nacional de sus juventudes, y cuando tuvieron las primeras peleas con los marxistas. Asimismo la publicación firme durante todo un año de la revista mensual, el florecimiento de semanarios juveniles jonsistas por toda España. Y, claro, también las persecuciones. El Gobierno Azaña encarceló cinco veces a Ledesma. Etcétera, etc. Debido asimismo a esta persecución, Valladolid quedó un poco retrasado porque Onésimo, que no se olvide, era el alma y vida de la sección, vivió emigrado un año en Portugal, y todavía los dos camaradas más valiosos, los que luego han demostrado más vigor jonsista y más talento -Gutiérrez Palma, magnífico agitador obrero, y Javier M. de Bedoya, propagandista formidable, de pluma tensa y eficacísima- no habían alcanzado en aquella fecha la granazón que hoy tienen.
Transcurren los meses finales del año 1933, ya Onésimo, de nuevo al frente de la sección de Valladolid, y reapareciendo con ese motivo el semanario Libertad. Es en esas fechas cuando surge Falange Española, con Primo de Rivera y Ruiz de Alda como dirigentes, el hecho más perjudicial para el triunfo nacionalsindicalista que pudo darse en España. Somos muchos y cada día más los que hoy ven esto claro. Pero prosigamos la línea narrativa.
Al aparecer Falange Española, las J.O.N.S. se encontraron con el siguiente fenómeno: decreció entre los españoles la expectación en torno a ellas, para fijarse en el perfil y en las características de esa agrupación nueva. Ello, unido a la presencia del hijo de Primo de Rivera que proporcionó a F.E. la difusión en poquísimas semanas. Bien conocido es el papanatismo de nosotros los españoles. Ahora bien, decreció la expectación ante las J.O.N.S., pero no decidió ni vaciló lo más mínimo la cohesión de los jonsistas. Esto debe destacarse.
Esa atmósfera, ese hecho que se percibía en torno a las J.O.N.S., y que, desde luego, iba a ser fugacísimo y transitorio, fue lo que puso a los jonsistas en el trance de su tristísima confusión con F.E. y con Primo de Rivera. Fue éste un error de tal magnitud que muchas veces le hemos oído al camarada Ramiro Ledesma sus dudas sobre si después de cometida una equivocación táctica de esa naturaleza no debía recaer sobre los culpables la sanción íntima de considerarse ya sin moral para la acción jonsista. Claro que este camarada y todos los jonsistas nos hemos sobrepuesto al derrotismo de esas dudas y hoy lucha y luchamos por retorcer el pescuezo a las consecuencias lamentables de la confusión triste.
En una reunión de jonsistas caracterizados, convocada en Madrid por Ramiro Ledesma y a la que acudieron Redondo y Bedoya como representantes de Valladolid, se acordó la unificación táctica de esfuerzos con F.E. Esos dos camaradas, como Ledesma y como todos, mostraron la violencia que ello significaba para el jonsismo y que si se disponían a favorecer tal acuerdo lo era sólo en la creencia de que quizá nos iba a ser posible aprovechar la expectación pública ante F.E. para destacar más ante el pueblo la posición jonsista. Todos, y los de Valladolid los primeros, coincidíamos en ir con repugnancia a la prueba, porque temíamos que la ventaja de lanzar con más prisa el jonsismo uniéndolo a Falange iba a ser contrapesada lamentablemente con la presencia real de Primo de Rivera bajo las flechas yugadas de las J.O.N.S. Y es que Primo, el «hijo» de Primo de Rivera, tenía, claro es, popularidad, pero pronto nos dimos cuenta de que era una popularidad negativa, esto es, que era impopularidad.
De Valladolid era de donde llegaban con más apremio las lamentaciones. Todo eran allí críticas sobre la actuación efectivamente deplorable que Primo desarrollaba en el Parlamento y fuera de él. Todo eran quejas y gestos de repulsa hacia el falangismo primorriverista. En el periódico Libertad, en las cartas, en las conversaciones con nosotros, en todas partes, los camaradas de Valladolid, con Onésimo al frente, se reían del pobre caudillejo fracasado y consideraban el daño inmenso que nos proporcionaba mantenerlo a la cabeza del Partido.
Se llegó a más en Valladolid. Primo envió un artículo al semanario Libertad que se echó al cesto de los papeles, considerándolo impublicable. Era ya Primo el jefe, el caudillo, y se encontró sin fuerzas para castigar esa tremenda tomadura de pelo, incorrección o como quiera llamarse. A tal extremo estaban las cosas en Valladolid y en tal situación de desahuciado se encontraba Primo.
Así llegamos a mediados de enero de este año. Primo llevaba cuatro meses al frente del movimiento de un modo absoluto. Su jefatura era catastrófica. A pesar de la coyuntura magnífica de los meses posteriores a octubre, el movimiento decrecía y se hundía sin remedio.
Viene entonces Onésimo a Madrid y asistió a una Junta del Partido, en la que Primo puso de manifiesto aún más que otras veces su radical incompetencia y su carencia absoluta de consignas. Después de esa reunión celebraron los jonsistas -Ledesma, Redondo y Sotomayor- una entrevista en el café Fuyma, en la que examinaron la situación crítica del Partido y consideraron la necesidad de salvar del naufragio la bandera jonsista, rompiendo con Primo de Rivera y haciéndolo así público a los pocos días.
¿Qué pasó, sin embargo, en Valladolid a raíz de la ruptura? Esta es la pregunta y, precisamente, el objeto de este trabajo es darle contestación cumplida. La dejamos para el próximo número de LA PATRIA LIBRE, porque es aún mucho lo que tenemos que decir y hoy va ya esto un poco largo.
(«La Patria Libre», n. 6, 23 - Marzo - 1935)
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Ofrecemos un camino para estabilizar su precio, para beneficiar a los labradores y al interés público, para acabar con la ignominia de los acaparadores y especuladores que arruinan el campo español y explotan a todo el pueblo.
El Sindicato Nacional del Trigo
En torno al problema del trigo se han levantado en España diversas banderas. Nos atrevemos a decir que ninguna ha surgido al calor del único interés legítimo en estas grandes cuestiones: el interés general de España, el interés de todo el pueblo. Aquí se perciben con más claridad las deficiencias de una economía anárquica, a merced de las audacias criminales de los especuladores que siempre envuelven y mezclan su interés al de los verdaderamente perjudicados por su parasitismo. Acontece, en efecto, ahora que entre las lamentaciones y quejas por el precio variable e ínfimo del trigo, por su difícil venta y colocación en el mercado, se oyen las voces no ya de los labradores verdaderos, de los campesinos que cultivan con esfuerzo el trigo en sus tierras, sino de los acaparadores, de los intermediarios, que con el trigo en sus paneras, comprado sabe Dios a qué precio, claman luego por su venta a tipos altos.
En la irregularidad de la compraventa del trigo es donde se advierten, repetimos, los radicales defectos de la actual ordenación económica. Pues es un producto que se presta como ningún otro a la más perfecta regulación de su mercado, sobre todo en un país como España donde normalmente la producción y el consumo casi se nivelan de un modo natural.
La primera necesidad es estabilizar su precio de un modo firme. Esta es, además, la mejor garantía para los labradores, pues si hay varios precios, si hay en el año fluctuación de precios, téngase la seguridad de que siempre se las arreglarán los intermediarios para que siempre los productores les vendan el trigo en la coyuntura del precio más bajo. Nada más sencillo que lograr matemáticamente la estabilidad del precio del trigo. Se trata de un producto de consumición puede decirse que fija, poco sensible a los precios. Es decir, en España y en todas partes se consumirá poco más o menos la misma cantidad de trigo sea cualesquiera su precio. Es un artículo de primerísima necesidad y su consumo invariable depende sólo de cifras demográficas, de la cuantía de la población, que naturalmente no cambia ni se modifica en horas.
Las tasas, la fijación de precios mínimos y demás medidas normales de la economía liberal carecen de toda eficacia. Son fácilmente burladas y todos los beneficios que pudieran extraerse de ellas no recaen nunca sobre los labradores ni sobre todo el pueblo, sino sólo sobre los grandes caimanes que tienen montado y organizado el negocio de acaparar y especular con el trigo.
Nosotros proponemos una solución nada excesivamente revolucionaria. Sensata, que concuerda incluso con las elaboraciones de economistas y teóricos ajenos a nuestra disciplina nacional-sindicalista, si bien no del todo lejos de nosotros.
Se dirige a lograr lo que nosotros consideramos eje cardinal del problema del trigo: estabilizar su precio, impedir la acción de los intermediarios. Vedla:
La solución está en suprimir la concurrencia entre los productores asegurándoles a todos un precio de compra igual y que sólo dependa de la calidad de los productos.
Para ello sería preciso que el Sindicato nacional del trigo, entidad nunca controlada por intereses particulares, creado con la colaboración de todos los interesados y del Poder público, pudiese efectuar la compra de la totalidad de la recolección a un precio estable. Ahora bien, este organismo sólo podría conseguir esa estabilización en todo momento a base de las tres condiciones siguientes:
- 1.ª El Sindicato tendría el monopolio de las exportaciones y de las importaciones.
- 2.ª Le sería delegado el monopolio de compras.
- 3.ª Monopolizaría asimismo las ventas del trigo.
En lo que concierne al precio de compra no tendría por sí solo atribuciones para fijarlo. El precio había de ser fijado periódicamente por el Gobierno, que se inspiraría en una sola finalidad de interés nacional: la de nivelar en lo posible la producción y el consumo. Para evitar tanto el ser tributarios del extranjero como la anomalía de la sobreproducción. Si el precio que se fije es equitativo y justo, logrará evidentemente alcanzar la producción necesaria si es inferior y disminuirla en caso de sobreproducción perturbadora.
Lo que pretendemos es que una vez fijado el precio de compra, pueda el Sindicato mantenerlo durante un largo período sin necesidad de sacrificios económicos del Estado.
Hemos dicho que un precio justo lograría el equilibrio entre la producción y el consumo, pero naturalmente en la práctica el equilibrio exacto no podría alcanzarse, debido, por ejemplo, a que las circunstancias atmosféricas que influyen en la cuantía de las cosechas no son previsibles. Examinemos, pues, cuál sería el funcionamiento del Sindicato en los casos diversos que pueden presentarse:
- 1.° En caso de recolección deficitaria.
- 2.° En caso de que la recolección equivalga aproximadamente al consumo.
- 3.° En caso de sobreproducción.
Si la recolección es deficitaria, el Sindicato compraría la totalidad de la misma al curso fijado, o a los diversos precios, ya que desde luego convendría una discriminación severa de la calidad del cereal.
El Sindicato importaría las cantidades necesarias para colmar el déficit, y naturalmente las pagaría a los precios vigentes en los grandes mercados cerealistas donde las adquiriese. En este caso, el precio de venta a los harineros podría ser inferior al precio de compra a los productores nacionales, porque las compras en el extranjero tendrán la consecuencia de rebajar el precio medio por quintal.
Semejante eventualidad es, por otra parte, apetecible, porque en caso de recolección deficitaria el precio único de compra sería, naturalmente, más elevado. Además, el Sindicato, que habría comprado, por ejemplo, a los labradores españoles a 100 pesetas y cuya media de compra al extranjero fuese de 90, no vendría obligado a revenderlo a los harineros también a 90. Podría señalar 95 pesetas, y constituir así una reserva de previsión, bien para entregar al Estado como compensación a los derechos de aduanas, bien para gastos de gestión.
En regla general, como se ve, para el caso de recolección deficitaria, el trigo puede venderse a los harineros a precio aún más bajo que el fijado para la compra a los labradores nacionales.
* * *
Si la recolección es aproximadamente la misma que el consumo, el Sindicato compraría a los productores al precio fijado. Y el precio de venta a los harineros sería aumentado tan sólo en los gastos de gestión.
Y resultando, pues, que en este caso de recolección niveladora, los precios de venta del Sindicato nacional no diferirían mucho de los de compra a los labradores.
* * *
Si hay exceso de producción, el Sindicato compraría, asimismo, al precio marcado -que en este caso no sería muy alto- la totalidad de la recolección.
El excedente sería, en parte, exportado a los precios vigentes en los grandes mercados cerealistas. Otra parte podría ser retenida, inventariándola según los precios mundiales del trigo. Las diferentes operaciones producirían una pérdida variable según la importancia de la recolección.
El Sindicato podría cubrirse de esta pérdida contable vendiendo el trigo a los harineros o a otros consumidores a precios más altos que el de compra.
La diferencia entre el precio de compra y el de venta variaría, naturalmente, según la importancia de los excedentes. De otra parte, si el precio de compra debe ser lo más estable posible, el Sindicato para equilibrar sus operaciones puede modificar con más frecuencia sus precios de venta, y practicar, también, con más rigor la diferenciación de la calidad de los trigos. (Queremos decir con esto, que puede señalar precios de compra más bajos para los trigos de peor calidad o susceptibles de originar una sobreproducción: en tal caso, la diferencia entre los precios de venta de las diversas calidades, no tendría por fuerza que ser la misma que la señalada en los de compra.)
Nos encontramos, pues, que en el caso de recolección excesiva, los precios de venta del Sindicato nacional tendrían que ser superiores a los de compra, a fin de que fuese posible cargar con cantidades superiores a las que se precisan.
* * *
Hemos visto que en las tres hipótesis señaladas el curso que se fijase sería, desde luego, efectivo, y podría mantenerse sólo con las operaciones del Sindicato.
Para efectuar con éxito sus operaciones, el Sindicato tiene necesidad de que se le otorgue el monopolio de las exportaciones y de las importaciones de trigo, a fin de que manteniendo estable el precio de compra pueda equilibrar en todo momento la importancia de sus stocks y las necesidades del consumo.
El Sindicato necesita el monopolio de compras porque sólo la existencia de un comprador único permite la fijación de un precio único. Además, no se olvide que en este caso ese comprador único estaría sólo guiado por el interés nacional. No pretende comprar a un precio bajo o alto, sino al precio equitativo y justo que le es impuesto.
El Sindicato tiene también necesidad del monopolio de ventas, pues es mediante la diferencia entre el precio de compra y el de venta como logra realizar el equilibrio financiero de sus operaciones. Y es, asimismo, gracias al doble monopolio de compras y ventas como se hace posible arbitrar la gradación de precios por calidades. Y no se olvide que este arbitrio lo hemos señalado como eficaz contra la sobreproducción.
En realidad, en la situación actual, un exceso en la recolección representa una producción perturbadora para el equilibrio del mercado que debe tenerse en cuenta. Y es a la masa general de los agricultores a quien, en su propio interés, se la obliga hoy a soportar esta carga, ya que así puede evitar una grave caída de los precios. El Sindicato nacional, en cambio, autorizado para vender más caro que él haya comprado, reparte por igual esa carga entre todos los interesados por el trigo, es decir, labradores, harineros y público consumidor, puesto que gracias al Sindicato la totalidad de lo que haya sido pagado por los consumidores vuelve a los productores, disminuida sólo en los gastos de gestión.
He aquí, sencilla y brevemente expuesto, un plan de estabilización del precio del trigo y de remedio a las irregularidades actuales.
El Sindicato que postulamos, no hay que decir que lo entendemos en absoluto libre de toda injerencia de intereses particulares y privados.
En nuestro próximo número quizá respondamos a las objeciones que pueden sernos hechas.
(«La Patria Libre», n. 6, 23 - Marzo - 1935)





