- Detalles
- La Patria Libre
- La Patria Libre (Número 2)
Una entrevista con Ledesma Ramos.
Ante el deseo de muchos camaradas, que preguntan constantemente, por saber los planes existentes en torno a la reorganización de las J.O.N.S., realizamos esta entrevista que hoy publicamos. El interviuvado podía haber escrito un artículo aclarando algunos puntos, pero hubiera sido siempre más incompleto y menos espontáneo que al tener que responder con rapidez a las varias y diferentes preguntas que le hemos formulado.
* * *
-¿Las J.O.N.S. conservarán como movimiento la estructura que han tenido durante su unión con F.E.?
-De ninguna manera. Precisamente las razones de nuestro apartamiento de F.E. obedecen tanto al desbarajuste ideológico y a la incapacidad de mandos como a la desorganización y a la ineficacia interna que allí existe. Por eso las J.O.N.S. se preocupan ahora con toda rapidez de organizarse, teniendo en cuenta la infeliz experiencia pasada, con arreglo a nuevas bases.
-¿Cómo planteas el problema de esa nueva organización?
-Exactamente así: ¿Qué tipo de organización corresponde a las J.O.N.S., teniendo presente los elementos que aspira a encuadrar, los fines del movimiento y las tareas diarias y permanentes a que ha de dedicarse?
-¿Puesto así el problema, qué solución le dais los actuales dirigentes jonsistas?
-Lo tenemos casi todo resuelto en la denominación misma de nuestro movimiento. Somos JUNTAS de ofensiva nacional-sindicalista. Es decir, que nuestro nombre expresa ya la tendencia que tenemos a estructurarnos mediante unos organismos denominados con un vocablo de mucha tradición político-social en la vida española: JUNTAS.
-¿Entonces son las Juntas la clave de la organización jonsista?
-Eso es. En ese término reside la técnica que debe presidir nuestra organización. ¡Fundemos JUNTAS, organismos vivos y calientes! Su vitalidad natural logrará la eficacia del movimiento.
-¿Reducirá esta organización, a base de Juntas, el radio de acción del Partido?
-Al contrario. No hay que olvidar que el jonsismo persigue la movilización en torno a sus flechas yugadas, no de minorías, sino de grandes masas de españoles. No queremos un movimiento recortado y ultrafino, sino un movimiento en que alienten los afanes mayoritarios del pueblo español, lo cual no es precisamente democracia liberal y parlamentaria.
Dicho esto, es evidente, y así respondo a la pregunta, que las JUNTAS han de ser utensilios aptos para encuadrar gran número de afiliados y obtener el sentimiento político que España precisa, en grandes masas.
-¿Cuáles son las ventajas y características más señaladas de las JUNTAS?
-Ventaja enorme la espontaneidad y facilidad para su formación. Formadas a base de grupos militantes de residencia próxima, que les dará en las grandes ciudades un sentido estricto de barriada.
¿Características? He aquí algunas: número variable de afiliados, con un comité efectivo y responsable en relación con las Juntas locales respectivas; vida autónoma para desarrollar los fines que le señale el Partido, con cupos obligatorios para los cuerpos de protección; con cierto matiz democrático, es decir, con intervención de la base en las cuestiones concretas que corresponda desarrollar en la vida normal de las JUNTAS.
-¿Tienes confianza en la eficacia de las JUNTAS?
-Sí; espero muchos y magníficos resultados de la puesta en marcha de las JUNTAS. Desde luego, en ellas tiene que residir el secreto de nuestro éxito posible.
Hay, pues, que consignarlas perfectamente y fijar la máxima atención en su funcionamiento.
-¿Plataforma general de las J. O. N. S.?
-Es bien notoria. No estamos situados ni a la derecha ni a la izquierda. Apoyados en las dos formidables columnas nuestras: lo nacional y lo social.
Con optimismo, perseverancia y entereza realizaremos nuestro destino, que es dotar a España de un movimiento poderoso integrado por gentes de todas las clases sociales y coincidentes en la preocupación grandiosa de salvarse, salvando a su Patria al mismo tiempo.
(«La Patria Libre», n. 2, 23 - Febrero - 1935)
- Detalles
- La Patria Libre
- La Patria Libre (Número 2)
En presencia de la ruindad
La salida de nuestro semanario, el éxito y la expectación formidables que le rodean, han puesto al desnudo la moral política de que disponen los dirigentes falangistas. LA PATRIA LIBRE, órgano de las J.O.N.S., podía, lógicamente, causar indignación en los grupos antinacionales, según, desde luego, ha ocurrido, pero esperábamos que otros sectores, por ejemplo, en F.E., sabrían saludarlo con serenidad y justicia.
No ha ocurrido así, y nos interesa mucho señalar ante el Partido las circunstancias en que la hostilidad falangista se ha producido contra nosotros a causa precisamente de la salida y aparición de nuestro periódico.
Prevemos, pues, un recrudecimiento de la campaña insidiosa, calumniosa y vil que ya en los primeros días de la ruptura de las J.O.N.S. con F.E. se desató contra los camaradas dirigentes de nuestro Partido. Prevemos que los jefes falangistas insistirán en su tarea de engañar a sus organizaciones propagando entre la base de F.E. la necesidad de que se nos considere como los enemigos peores. Prevemos que seguirán alimentando allí la atmósfera de odio con la esperanza de que sus afiliados más ingenuos e inexpertos recojan por su cuenta y riesgo las ruines insinuaciones de los jefes.
Y frente a eso, nosotros tenemos necesidad de dirigirnos a todos los jonsistas para decirles:
Las J.O.N.S. no tienen pleito alguno que ventilar con los falangistas. No hay, pues, que recoger sus provocaciones, que nacen, como sabemos, del engaño de que se les hace objeto por sus jefes. Nada hay que hacer contra los afiliados de Falange Española. Aunque sean injustos con las J.O.N.S. y repitan hasta la saciedad los calificativos calumniosos que les dicta la vileza de sus dirigentes.
Nosotros en las J.O.N.S. tenemos que distinguir perfectamente entre los afiliados de F.E.; es decir, entre los militantes de la base del Partido y los diez o doce rufianes que de un modo directo siguen y defienden en los puestos más destacados las orientaciones de Primo de Rivera.
Repetimos la necesidad de hacer esa distinción, pues en los militantes sinceros de F. E. hemos de ver siempre posibles camaradas nuestros, gentes honradas que persiguen un ideal en muchos aspectos destacable con elogio y, en cambio, en esos diez o doce a que nos referimos antes, no hemos de ver sino lo que son: seres residuales a extramuros de toda emoción patriótica y de todo propósito limpio.
Por ningún concepto desarrollarán las J.O.N.S. género alguno de hostilidad contra los falangistas. Tengamos fe en que sabrán librarse de la férula indignante a que hoy se les somete, férula que no es deshonrosa precisamente para ellos, sino para los desaprensivos que utilizan el esfuerzo de unos grupos juveniles y sinceros en la tarea exclusiva de sostener su vanidad enfermiza y sus inconfesables ambiciones.
Pues resulta que Primo y sus amigos juzgan intolerable que los jonsistas abandonásemos la disciplina de F. E. y nos encontramos así ante muy pintorescas contradicciones. De una parte, declararon en su día que habíamos sido expulsados, y si esto hubiese ocurrido, natural era que no les preocupase nuestra posterior ruta. De otra parte, al hostilizarnos y recordar de modo tan notorio el vacío que allí dejamos, patentizan que fue nuestra en absoluto la iniciativa y que disponemos de un vigor y de una firmeza ante la que pierden totalmente la serenidad.
No perdonan a las J.O.N.S. que les abandonaran. Y sostienen la peregrina teoría de que no disponíamos de libertad para hacerlo. ¿Pero en qué época feudal creen vivir esos señoritos? ¡No faltaba más sino que al entrar en contacto con F. E. se perdiese la libertad de determinación y quedaran los afiliados convertidos en esclavos!
(«La Patria Libre», n. 2, 23 - Febrero - 1935)
- Detalles
- La Patria Libre
- La Patria Libre (Número 2)
Es sabido cómo la técnica de agitación marxista divide a todos los hombres en dos clases: supuestos oprimidos o explotados y supuestos opresores y explotadores. Y llevada tal consigna a un plano real y diario, de lucha económica y social, el marxismo localiza y destaca para que se despedacen estas dos clases únicas: patronos contra obreros, obreros contra patronos.
Nosotros sabemos, y es uno de los motivos críticos fundamentales en que fundamos nuestra posición antimarxista, que el enemigo social de los obreros no es generalmente el patrono, sino que hay otro linaje de poder económico y político al que debe señalársele como enemigo, y no sólo de los obreros, sino de los obreros y patronos juntamente: el gran capital especulador y financiero.
Por eso, ante la lucha de clases tal como la conciben criminal y erróneamente los marxistas, nosotros presentamos otro cuadro de rivalidades sociales. Si hay luchas de clases, éstas son para nosotros las clases:
Capaces contra ineptos.
Laboriosos contra vagos.
Generosos contra ramplones.
Animosos contra cobardes.
Patriotas contra descastados.
Y todos los españoles contra los grandes especuladores y prestamistas.
Pues ahí aparecen las soluciones deseables:
Que a los españoles ineptos los sustituyan los españoles capaces.
Que los españoles laboriosos imperen sobre los vagos.
Que los españoles con capacidad de sacrificio y alma limpia preponderen frente a los egoístas y ramplones.
Que los españoles animosos y viriles no permitan el imperio de los más cobardes y encogidos.
Y que los españoles patriotas impongan su ley a los descastados y traidores.
(«La Patria Libre», n. 2, 23 - Febrero - 1935)
- Detalles
- La Patria Libre
- La Patria Libre (Número 2)
Hay que arrinconar definitivamente esas dos catastróficas banderas.
Este clamor es ya el deseo unánime de todo el pueblo. Las J.O.N.S. lo recogerán en su nacional-sindicalismo patriótico
¡Nunca más la propaganda disgregadora!
Comprendemos que no había de resultar fácil para la situación gobernante liquidar con aplastante eficacia las consecuencias de la subversión separatista. El Gobierno Lerroux-Gil Robles no podía, en efecto, hacer cosa diferente ni distinta de lo que ha hecho en Cataluña.
Ahora bien, sin penetrar en la cuestión concreta de cómo ha resuelto el Gobierno cuanto afecta al régimen transitorio de Cataluña, nos interesa destacar ante los españoles los peligros enormes que traería consigo el que volviese algún día a ser posible levantar de nuevo en Cataluña la bandera desmembradora.
Nos preocupa especialmente esa posibilidad, pues hemos declarado y sostenido siempre que la conservación rígida y absoluta de su unidad es para la España de nuestros días una consigna irrenunciable, cuya pérdida o abandono nos hundiría sin remedio en la mayor vergüenza histórica que puede recaer sobre un pueblo.
La unidad de España es el punto de partida para cualesquiera edificación que se haga desde el plano de lo nacional. Quedan fuera de «lo nacional» todas las concesiones o tibiezas que se tengan en este sentido, pues la unidad es lo único que nos queda a los españoles como solar firme sobre el que asentar de nuevo la reconstrucción de nuestra Patria. Y perdido ese único asidero, ese último germen de grandeza auténtica, ese último gran valor de España, no queda sino la tarea triste y bochornosa de liquidarnos sencillamente como pueblo histórico.
Bien claro quedó desde luego en octubre que no ha de ser nunca fácil a los elementos antinacionales que entonces conspiraron en Cataluña hacer triunfar su traición ni imponer su criminal tendencia a los españoles. Quedó probado, por fortuna, en aquellas fechas que nada podrán nunca contra el firmísimo, voluntarioso y permanente deseo de los españoles de defender a toda costa la unidad de España.
Ahora bien, todos sabemos cómo la perturbación, la agitación y la amenaza política pueden servir para que desde allí, aun a sabiendas de que los ideales disgregadores son de triunfo imposible, sigan especulando siniestra, vergonzosamente, con el fantasma.
Ahí están ya en ese papel Cambó y sus amigos de la Lliga, sustituyendo a Companys y a Dencás en los propósitos de deshispanizar a Cataluña y de destruir allí los gérmenes nacionales apenas aparezcan.
No comprendemos cómo las propagandas de Cambó circulan libremente en el mismo solar de los combates sangrientos de octubre.
No comprendemos cómo se las deja sin réplica eficaz y cómo no se las considera por quien debe incursas en los delitos mismos de campañas contra la Patria.
Nosotros creemos que las jornadas separatistas de octubre tuvieron magnitud suficiente para justificar el que se corten de raíz los rebrotes de aquel espíritu insurreccional.
Pues de la victoria contra los separatistas hay que deducir más amplias eficacias que el de un triunfo transitorio y fugaz. Hay por lo menos que extraer de esa victoria el aniquilamiento de toda aspiración separatista durante otros dos siglos, como en realidad aconteció con otra victoria análoga a principios del siglo XVIII.
Con toda firmeza, expresamos nuestra opinión de que se consideren las propagandas separatistas como las merecedoras de los castigos más altos y a sus inspiradores y realizadores como los enemigos más destacados y públicos del pueblo.
Pues el pueblo, todo el pueblo de España, pide y proclama el mantenimiento inconmovible de la unidad nacional, en la que con magnífico instinto patriótico percibe la mejor garantía de su propia prosperidad, seguridad y grandeza.
Los marxistas, al ostracismo
Después de la subversión roja de octubre, después de la actuación revolucionaria desencadenada por los marxistas españoles, hay algo en que está de acuerdo toda España, desde las capas privilegiadas de la burguesía hasta las mismas masas populares movilizadas por aquéllos, pasando por el gran sector medio del país. Ese algo es lo siguiente:
Los dirigentes marxistas, los cuadros todos del Partido Socialista, se han hecho merecedores del ostracismo perpetuo, aparte las sentencias y condenas de orden legal a que los tribunales los sometan. El pueblo, todo el pueblo, reclama para ellos una de índole moral y sin sombra de indulto: el ostracismo político y más riguroso.
Las jornadas de octubre en Asturias y en otros puntos, el plan general de la solución, la estrategia desarrollada, los repliegues concertados, todo, en fin, de lo que hicieron y de cómo lo hicieron nos permite afirmar lo siguiente:
Se trataba de una subversión a base de especular con todo lo más turbio, antinacional y aventurero que había sobre el país entonces.
Fue artificiosa y falsa, sin reclamación urgente y angustiosa por parte de la base popular. Sus fines políticos estrictos no podían justificar la violencia de las consignas ni la movilización sangrienta de las multitudes ingenuas.
No era una revolución en beneficio sincero y auténtico del pueblo, sino una acometida de los cuadros burocráticos marxistas para el disfrute de un Poder cuyas ventajas percibieron meses atrás.
Repetimos la necesidad de que el ostracismo de los marxistas y de todo cuanto se relaciona con sus doctrinas, de las cuales, después de todo, son ellos una pura consecuencia, sea absoluto e inapelable.
Lo pedimos en nombre de la Patria española, contra cuyos más firmes valores iban los disparos rojos, y lo pedimos también en nombre de los intereses de «todo» el pueblo, que fue realmente burlado y escarnecido por la revolución marxista, cosa que ya llegará el momento de aclarar, explicar y demostrar cumplidamente.
El ostracismo marxista, la imposibilidad que deben hallar esos elementos para reorganizarse después de los hechos acontecidos, plantea, sin embargo, un problema de fuerte alcance, y es éste: es posible, en efecto, conseguir el ostracismo político de los dirigentes marxistas de toda clase, es posible por repulsa nacional y justa el apartarlos de toda actividad que suponga reorganización de su antigua fuerza, pero lo que no resulta, sin duda, posible ni tampoco fecundo y eficaz para España es el ostracismo de sus antiguas masas, de toda aquella opinión ingenua y mordazmente ilusionada por ellos.
Hay, pues, que ofrendar a esas multitudes, a esas masas laboriosas, un refugio y una bandera que pueda conseguir de nuevo en ellas una renovación del entusiasmo y del vigor. Ostracismo, sí, para los dirigentes y para la doctrina. Ostracismo implacable, riguroso y absoluto, pero bandera nacional, cobijo nacional para las multitudes de salvación posible; es decir, para aquellas que hayan extraído de la lección roja de octubre la sabiduría suficiente y la rectificación imperiosa.
Nosotros decimos a estas últimas: fijaos en el nacional-sindicalismo de las J.O.N.S., ved nuestra bandera nacional y social al aire, leed sus consignas, estudiad sus metas y venid con nosotros sin perder minuto.
(«La Patria Libre», n. 2, 23 - Febrero - 1935)
- Detalles
- La Patria Libre
- La Patria Libre (Número 2)
Parece que la política internacional de un pueblo es el mejor barómetro para juzgar de su vigor y su grandeza. Pues eso es lo que da carácter y rango de gran potencia: intervenir en la marcha del mundo, influir en el juego de sus intereses materiales y en el rumbo de la cultura mundial.
No está eso al alcance de todos. Hay pueblos que, aun prósperos, pacíficos y satisfechos en su vida interior, en su gobierno de fronteras adscrito, no pueden aspirar, sin embargo, a la categoría de impulsores mundiales, al papel magnífico de guías y timoneles de la humanidad.
España no está hoy a esa altura. Y, sin embargo, lo ha estado alguna vez. Tiempos ha habido en que el mundo giraba en torno nuestro, y que talentos españoles, soldados españoles y hombres de gobierno de España tenían en su mano el poder mundial.
Y con el poder mundial, todas estas otras cosas que son consecuencias naturales de él; un gran arte, un comercio poderoso, un pueblo fuerte, una fe en los destinos de la Patria, una riqueza, un bienestar, un porvenir sin angustias, una tarea alegre y gloriosa cada día.
Parece evidente que todo eso se nos ha escapado a España y a los españoles. Habrá que preguntarse por qué boquete tremendo de España se nos ha marchado todo eso, y qué ideales, qué personas o qué errores son los culpables de esa gran catástrofe. Habrá, por lo menos, que darse cuenta de ella, reconcentrarse y disponerse a saltar sobre las dificultades y las trabas que hoy todavía nos atenacen.
Así, con ese espíritu, abordamos nosotros la tarea de examinar la situación actual del mundo. Y también la de hostigar, empujar y hacer cumplir a España y a todos los españoles los deberes que les corresponden en esta hora.
Las bases del actual equilibrio
Fue de tal volumen la contienda mundial de 1914-1918, que todavía sus consecuencias constituyen y nutren el orden del día en toda Europa. Los pueblos y los gobiernos han hecho y hacen quizá todavía hoy frente a los problemas internacionales, con mentalidad de hombres que han visto, vivido o padecido de cerca las jornadas de la Gran guerra.
Ese detalle ha conducido quizá a cierta desorbitación o exageración con que se localizaban unas cuestiones y se esfumaban otras, y también al aire falso, ficticio, de tramoya, con que se querían ignorar las más de ellas.
Todo el largo hito de conferencia del desarme, todas las reuniones innumerables de Ginebra, todas las trapisondas para mantener statu quos artificiosos, todos los esfuerzos por llevar la política mundial a un plano abogadesco, ramplón y falso, todo eso, que caracteriza el período de postguerra, y en el que muchos querían aprisionar eternamente las relaciones internacionales, parece que se esfuma, que se quebranta para dar paso a horas mundiales, muy diversas, en cuyos umbrales estamos ya quizá.
Hace ya meses que se advierte en la política europea un fenómeno nuevo: los hechos y las conversaciones y los acuerdos que más preocupan, y a los que se adscribe más importancia, tienen lugar, no en el areópago ginebrino, sino en ciudades representativas de un espíritu muy diferente al de Ginebra.
Ahí esta, por ejemplo, Roma. El foco diplomático que ha logrado centrar Mussolini en Roma, y que culminó en sus últimos acuerdos con el ministro francés Laval, tiene en opinión nuestra una importancia enorme, sobre todo como síntoma de que se inicia una etapa nueva en las relaciones internacionales.
Esos síntomas parecen indicar que vuelven a circular por el mundo, con desnudez, sin sonrojo y sin necesidad de ocultaciones tácticas al estilo de Ginebra, los diversos espíritus nacionales, las diversas grandes Patrias, con sus intereses, sus culturas, sus rivalidades y sus apetencias propias.
Se encuentra, pues, Europa, asentada de nuevo sobre las columnas históricas de siempre, es decir, sobre los espíritus nacionales en pie de sus cinco o seis grandes potencias.
Alemania e Italia hicieron su revolución nacional, y ahí están, mostrando con el vigor que les es posible su propio carácter de pueblos que siguen sus propias leyes, y muy poco dispuestos a renunciar a nada que suponga merma de sus atributos nacionales.
Rusia, con su régimen nacional-comunista, con moral de guerra, archiarmada, en pleno experimento de gigantescas subversiones sociales, no es ya, desde luego, el país revolucionario que conspira cada día por la revolución mundial, pero está a punto, alerta no sólo al panorama que la rodea, sino también al rumbo de su vida interna. Pues la Rusia bolchevique puede tener algún día necesidad de la guerra para cubrir posibles cataclismos interiores. Rusia tomará más fácilmente las armas en un caso de esa índole que para contestar incitaciones belicosas del exterior.
Inglaterra y Francia son, cada una a su modo, las defensoras del orden mundial vigente. Las vallas contra las que las inquietudes revisionistas van surgiendo. Parece que en la medida en que vayan haciendo concesiones prudentes, aplazarán los cambios radicales que ya se prevén en el futuro de Europa. Son las dos naciones que conservan su imperio, y en muchos aspectos, más aún después de la Gran guerra, las dominadoras y rectoras de la política internacional. Mussolini, desde Roma, sin salir de Roma, y es más, haciendo que tomen el tren hasta Roma, Laval hoy, Macdonald ayer, trata con habilidad y talento de remover ese doble granito franco-inglés.
Austria, entre peripecias revolucionarias y patriotismos forzados, es uno de los puntos más dramáticos de Europa. Allí convergen de hecho la atención de las potencias, y allí puede muy bien tener que alzarse algún día el escenario trágico. La mutilación del imperio austro-húngaro va a constituir, quizá, la consecuencia más desdichada de Versalles, y su mantenimiento el posible eslabón histórico que una la posible futura gran guerra con la contienda de 1914-18.
Alemania se debate entre las dificultades naturales de un país vencido, hechas aún más complejas en un régimen de exaltación nacional alemana, como acontece bajo el signo de la victoria nazi. Hasta el plebiscito del Sarre, la diplomacia y la política internacional de Alemania constituían quizá repliegues desconcertantes. Así, su tratado con Polonia y el statu quo del pasillo de Dantzig. Así, sus vacilaciones, y hasta su abandono -desde luego, transitorio- de la política de penetración en Austria a raíz del momento oportuno y decisivo de julio de 1934, tras del golpe nazi que costó la vida a Dollfus. Pero puede también fácilmente preverse que Alemania, preparada una primera etapa de reencuentro de sí misma, desborde con su vitalidad y su empuje la limitación que hoy acepta forzada.
Italia destacó su presencia, durante esos hechos, movilizando incluso, como se recordará, dos divisiones hacia la frontera austríaca, dispuestas a penetrar en su territorio en defensa de la independencia (?) de esa pobre mutilación que es la Austria.
Y conviene insistir en esa rápida señal de alerta que dio Italia entonces, porque junto con la actividad diplomática a que hicimos alusión antes, así como a la madurez evidente de su régimen interior fascista, convierten de hecho a Italia en el país que parece más dispuesto a intentar apoderarse de algún modo del timón europeo.
Y doblemente importante para nosotros, para España, pues es Italia en muchos sentidos nación vecina, situada en la otra acera mediterránea, a todo lo largo de ella, y recientemente, según los acuerdos Mussolini-Laval, inició un plan de nuevo equilibrio en ese mar, y que, comenzado sin la presencia de España, es para nosotros motivo explicable de preocupación grave.
Y en este punto, nosotros decimos y preguntamos a los españoles:
¿No es ya de todo punto imprescindible que España entre en la realidad europea?
¿No es ya hora de una política internacional firme para España?
Porque eso queremos. Pertenecemos nosotros al sector de españoles que no se resigna fácilmente a un destino manso de España. Y al requerir una política internacional vigorosa no se nos ocurre poner en primer término la que a nosotros nos pareciese mejor, sino simplemente alguna, la que sea, con la condición única de que se caracterice por su firmeza y por su acierto, y ello entre las varias políticas internacionales posibles.
Deseamos como nadie servir esa necesaria situación internacional de España. Ofrézcanos este gobierno u otro cualquiera que le sustituya eso que pedimos. Y nos tendrá a su lado en ese aspecto con todas nuestras fuerzas, pues así entendemos nosotros el deber para cuantas cosas afecten al perfil internacional de España.
Parece sumamente respetable y hasta emocionante este clamor nuestro por una línea internacional segura, que fuese norte unánime de todos los españoles, pues son fáciles de prever momentos en que España, quiera o no, a voluntad o empujada por el acontecer europeo, necesite decidirse por una ruta internacional.
Y no sólo por su situación, sino por obligación ajena a la geografía y más bien cercana a la ambición lícita y a los imperativos mismos de mantener su riqueza y su independencia.
En un trance así, es evidentemente lógica la pesquisa al objeto de determinar qué voracidades enemigas nos acechan o si quizá vivimos rodeados de arcangélicas naciones, que no desean sino nuestra prosperidad, nuestra pujanza y nuestro triunfo.
A muchos nos atosiga, por el contrario, la sospecha de que es inocentísimo jugar hoy en Europa a los arcángeles. Y también que los españoles debemos estar muy alertas a fenómenos interiores que pudieran ser vinculados a voluntades de fuera.
Así, por ejemplo, el proceso de descomposición de la unidad, la etapa desmembradora, trae consigo sospechas terribles, en cuanto que su triunfo en España convertiría la península en zona balcanizada, con provecho evidentísimo de alguien y seguro y definitivo arrinconamiento de España como poder europeo.
Recordamos episódicamente aquí la campaña que hace unos dos años se hizo para que el Estado español se desprendiese de la fortaleza de Montjuich en beneficio del Ayuntamiento de Barcelona.
Los motivos que se invocaban eran tan desacordes e inferiores en rango al hecho enorme de desmantelar alegremente un gran puerto mediterráneo como Barcelona, que no se encontraban razones normales y claras para tal campaña. Y, sin embargo, se hizo, y hasta hallaba buen ambiente en peligrosísimas zonas oficiales de entonces.
España ofrece bocados espléndidos a algunas dentaduras europeas. Y los españoles, todos los españoles, tenemos el deber de defenderlos con dientes y uñas. España da cara al Mediterráneo, que vuelve a ser cada día más, por el creciente poder diplomático y nacional de Italia, el mar que centra la movilización europea.
Y España tiene todas estas cosas. Factores de primerísima línea en el juego del Mediterráneo: las Baleares, Marruecos, el nacionalismo separatista de Cataluña, la entrada de Gibraltar, los puertos levantinos y todo su comercio de exportación frutera. La realidad de una marcha de Europa hacia el Africa, continente aún enigmático, etc.
Hay también un imperialismo extranjero en nuestra economía. Demasiadas minas, demasiadas grandes compañías, demasiadas empresas y enlaces financieros, todo ello sin justificación suficiente en una etapa de desarrollo industrial, ni de riquezas nuevas a la vista.
Únase la deficientísima vibración de carácter nacional y patriótico. Y ello nos ofrecerá un panorama no muy adecuado para fiar sin más en la preparación actual de nuestras defensas.
Por eso, nosotros, las J.O.N.S., ante este problema como ante otros, decimos con rotundidad:
No más situaciones endebles. No más encerrar los problemas en los despachos e intentar resolverlos sólo con la ayuda de minorías ya ensayadas.
Queremos llevar al aire libre, a los españoles, a todo el pueblo, la preocupación fundamental de la Patria, es decir, su destino internacional, su situación en Europa.
Pues en realidad todo el pueblo sufrirá en su día las consecuencias de los posibles errores. Aun sin participación en ellos, aun habiéndolos podido evitar con su intervención justa a tiempo.
Cuando se dice que en España no tiene el pueblo patriotismo se dice una verdad si se alude a las manifestaciones externas del mismo, pero aun de esto no es culpable, no hay patriotismo sin preocupación ante otras patrias de otros. Llévense a todo el pueblo las palpitaciones internacionales, muéstresele el panorama que ofrecen otros pueblos en torno nuestro, y su respuesta será rápida, magnífica y espléndida.
No agotamos el tema. Al contrario, hoy sólo nos acercamos a él. Pero proseguiremos largamente, porque es mucho lo que tenemos que decir.
(«La Patria Libre», n. 2, 23 - Febrero - 1935)





