La Conquista del Estado (Número 17)

Sobre todo, la gravedad del episodio de Cataluña.

Los próximos tres meses deben ser de alerta para el Pueblo. Si llega la ocasión y lo reclama el interés de la Patria, hay que movilizarse.

 

El episodio de Cataluña

De nuevo el apoliticismo de los sindicalistas -que en este caso es verdadera incultura política- proporciona a Maciá, en Cataluña, una victoria absurda. Su actitud es indefendible, porque si votan a Maciá por su separatismo contradicen sus declaraciones de siempre, y si lo hacen porque tiene con ellos contactos de índole social y política, entonces reniegan de su tan cacareado apoliticismo. Los diputados de Maciá serán en el Parlamento representantes de los sindicalistas, y su significación, su mandato, tendrá un carácter de extremismo social, pero no catalanista.

De todas formas, el resto de España debe manifestar con energía su descontento por el deplorable episodio de Cataluña. Es raro que las montañas cercanas y el mar próximo no hayan curado de su histerismo a las masas de Cataluña. Pero España requiere esa curación y procurará el hallazgo de remedios eficaces. Sin detenerse ante nada, pues más allá del interés de la Patria no existen acusaciones. Todo puede hacerse y todo se hará.

Nosotros esperamos que las Cortes Constituyentes rechacen el famoso Estatuto que ahora se elabora en Cataluña. Veremos qué hacen entonces esas turbas reaccionarias de Maciá. Si apelan a la violencia, es el momento de aniquilarlas sin compasión. La grandeza de España no puede iniciarse con deserciones ni rebeldías, sino con disciplina y fervor para las rutas de la Patria, que es unidad de esfuerzo y de triunfo. Hay que vigilar las posibles traiciones que se avecinan y exigir los castigos más duros para los que pretendan explotar la errónea deslealtad de una parte de Cataluña. Ahí está como primer blanco el babélico Marcelino Domingo, el del bilingüismo, y sus huestes radicalsocialistas, que se emocionan ante la probabilidad de que los diputados traidores que vengan con Maciá se unan a ellos en la Cámara.

Marcelino Domingo, ministro del Gobierno nacional, apoya las estridencias de los separatistas, las halaga y justifica, para luego implorar el limosneo de sus diputados. Todo se reduce, pues, a egoísmo de partido, sacrificando los intereses más graves de España, a una ambición criminal que equivalga a reforzar su minoría parlamentaria. Puede presumirse la meta nacional que informará a hombres así que pactan con los traidores y hostigan las locuras para aprovecharse de ellas. Si como han insinuado los señores Domingo y Albornoz, los separatistas de Maciá se unen a ellos en el Congreso, habrá que declarar al partido radical socialista enemigo de la Patria, decirlo así a los españoles y cercar a sus hombres con las precauciones mismas que se toman con los leprosos. Desde luego, inhabilitarlos para toda función de gobierno.

Si, como en todas partes se dice, Cataluña va a obtener un régimen en cierto modo autonómico, ello debería traer como consecuencia la debilitación de los núcleos catalanistas, que una vez conseguida su pretensión tenderían a disolverse. Pero ello no ocurre, y he aquí un fenómeno que da plena razón a nuestras campañas. En Cataluña, el timón lo llevan los separatistas, y todo cuanto obtengan les servirá para avanzar más en sus pretensiones. El germen conducirá a la separación radical. Hay que darse cuenta de esto y no hacer luego gestos de extrañeza. Pero la separación es imposible mientras no la tolere el resto de España. Cataluña no es una nación que pueda reclamar derechos de esa índole. Aunque el clamor separatista de Cataluña fuese absoluto, esto es, que fuera unánime, sin una sola excepción, la petición de independencia, España podría y debería contestar con lenguaje de cañón. La separación de Cataluña necesita la voluntad conforme de todos los españoles, y es de suponer que no se degradará el hispanismo hasta el punto de permitir desmembraciones de ese linaje.

Si una mayoría de catalanes se empeñan en perturbar la ruta hispánica, habrá que plantearse la posibilidad de convertir esa tierra en tierra de colonia y trasladar allí los ejércitos del norte de África. Todo menos... lo otro.

El resto de España no ha hablado aún sobre el problema. Y su voz es la decisiva en este pleito.

El desenfreno socialdemócrata

Ahí están cien actas socialistas al servicio de la burguesía. No importa que vociferen y hagan gestos terribles. Sus votos proceden del conformismo español, del miedo al coco revolucionario, del burgués panzudo y mediocre. El sistema electoral Largo Caballero y la cobardía de los demás partidos son las causas del triunfo socialista. Triunfo, pues, artificioso que se desvanecerá en la primera ocasión. Nada bueno esperamos de los restantes grupos parlamentarios, nutridos todos ellos de gentes retrógradas que viven la emoción política de hace un siglo, pero los preferimos a ese rebaño extranjerizante de la socialdemocracia.

Ya surge entre ellos el apetito del Poder, y no les detiene la consideración de que sus cien actas fueron obtenidas en contubernio con los burgueses. No son, pues, actas de pureza socialista, y este detalle debiera hacerles más cautos. Les ilusiona eso de la «minoría más numerosa», y quieren lanzarse sobre el Poder como sobre las desmanteladas organizaciones obreras que controlan.

Por muy bajo que sea el nivel medio de los diputados constituyentes, pertenece sin duda al socialismo el honor de aportar los cernícalos más ejemplares. Hay que vigilar este peligro e impedir que exploten el argumento numérico que han obtenido por sorpresa. Estamos aludiendo a la tendencia gubernamental socialista que mantendrá Largo Caballero.

El equívoco primordial de la política española consiste en admitir una falsa localización de los partidos. En todas partes las exigencias económicas y las rutas vitales de los pueblos han hecho surgir fuerzas políticas que representan radicalismos de más sincera y fuerte realidad que los que aquí se proclaman ahora. El socialismo representa una trayectoria de gobierno fracasada en todos los países. Por dos razones: una, que su táctica conduce a todo menos a un régimen socialista; otra, y para nosotros la más esencial, que la eficacia económica que pueda conseguir un régimen antiburgués la logran entusiasmos de tipo nacional, que suplantan la discordia de clases con una integración de elementos productores. Es el caso de las economías de Estado, a que se acercan con rara similitud el régimen bolchevista de Rusia y el fascista de Italia.

El socialismo, por tanto, ha cumplido su vigencia histórica. De esas dos razones que enumeramos, la primera la esgrimen con eficacia los comunistas, y la segunda la enarbolamos los que unimos nuestro destino al destino nacional con un novísimo afán antiburgués y constructivo. Sería, pues, lamentable que en una hora así se abriera camino en España la decadencia socialista, cuyas filas son traidoras, según los comunistas, y reaccionarias, según nosotros. (En nuestra opinión, una fuerza política es reaccionaria cuando transcurrida su vigencia histórica se empeña en obtener el Gobierno de un pueblo.)

He aquí la realidad. Los socialistas deben ser bloqueados al menor gesto intemperante, porque significan una fuerza de reacción, y a última hora, un nido sospechoso de intelectuales sin sangre. No creemos que resulte muy difícil evitar el avance socialista, evitando a la vez que triunfe en nuestro pueblo el fraude revolucionario que ellos representan.

(«La Conquista del Estado», n. 17, 4 - Julio - 1931)

Cada día es más difícil nuestra tarea. El régimen demoliberal bloquea a LA CONQUISTA DEL ESTADO, sometiéndola a persecuciones tiránicas. Es sabido que nuestro periódico no circula en Cataluña, pues los esbirros de Maciá intervienen en Correos todos nuestro envíos. Incluso los números de los suscriptores. Ello sin orden judicial, es decir, arbitraria y despóticamente. El Gobierno se cruza de brazos y permite que el tiranuelo Maciá impida, en nombre de la libertad, la circulación de LA CONQUISTA DEL ESTADO.

Ahora resulta que también el señor fiscal nos lee con lupa, y el número anterior fue denunciado, recogiéndonos gran cantidad de ejemplares, y es de esperar a correo seguido el procesamiento de nuestro director.

Todo esto indica que, como ya se nos había anunciado, las autoridades se disponen a batir nuestras propagandas. Bien. Hemos de equiparnos, pues, para la pelea. Que sostendremos hasta el final, sin retroceder un solo paso. Ahora bien; nuestra táctica será siempre la más eficaz y no vacilaremos en arrostrar las interpretaciones enemigas. Hasta aquí nos hemos dedicado primordialmente a la exposición de unas ideas políticas mozas, de sentido actualísimo y marca revolucionaria, y observamos ya la necesidad de revestir las propagandas de otra clase de alientos que los hasta ahora utilizados.

Equipos de camaradas nuestros irán por las ciudades y los campos con objeto de popularizar las metas ideológicas y tácticas que nutren hoy las páginas de LA CONQUISTA DEL ESTADO. De este modo surgirá un extendido movimiento popular, con una pujanza revolucionaria tal, que su actuación tenga por norma exclusiva el despertar violento del coraje hispánico.

Así, pues, en adelante profesaremos el método directo del mitin a la tarea de escribir cuartillas. Esto no equivale a suprimir la publicación de LA CONQUISTA DEL ESTADO. Es imperecedera; porque le corresponde destacar el espíritu político de la nueva generación, que nosotros representamos. Creemos suficientes cuatro páginas para comunicar semanalmente con nuestros lectores. Ello nos permitirá hacer frente, sin mucho quebranto, a las persecuciones policiacas que nos esperan. De todos modos, intercalaremos números de seis páginas cuando lo creamos oportuno.

No se ocultará a nuestros lectores que esta reforma responde a un afán de eficacia. Eficacia es la palabra sagrada del Diccionario. Nosotros sacrificamos todo a una ruta de eficacia. Ella nos ordena ahora reducir las páginas de nuestro periódico, y así lo hacemos. A la vez, disminuimos el precio, que será desde hoy de 0,20 pesetas el ejemplar.

(«La Conquista del Estado», n. 17, 4 - Julio - 1931)

El distinguido viejo político señor Ossorio y Gallardo, jefe de la leguleyería nacional, ha declarado a un periódico que los hombres nuevos deben buscarse en la Academia de Jurisprudencia.

Hay que salir al paso de creencias así, pues el abogadismo ramplón es el mayor culpable de todas las dificultades que obstruyen hoy la ruta hispánica. La supuesta Revolución que dicen se ha realizado fracasa porque fue faena de abogados, sin nervio revolucionario ni grandeza histórica. Se esgrimieron razones jurídicas, se hizo creer al pueblo que bastaba el resurgimiento del llamado derecho para garantizar la victoria de todo.

El primer deber de los nuevos y auténticos revolucionarios es superar esta etapa leguleya e implantar la vigencia de un orden creador, rechazando la cooperación de los charlatanes.

Las horas revolucionarias son imperiosamente ejecutivas, y no se puede tolerar que burlen su impulso las asechanzas de los abogados.

Lo primero es la acción. La virtud primera corresponde al hecho revolucionario, y sólo los hombres que hayan vivido esa emoción ejecutiva de la Revolución pueden luego intervenir en la elaboración del nuevo orden jurídico que de ella surja.

Nada de esas reservas que señala Ossorio. Son gente vieja, incapaces de comprender los imperativos revolucionarios de nuestro tiempo. Se opondrán al triunfo joven; nos petrificarán en las formas fracasadas. Son, pues, elementos reaccionarios que es preciso desenmascarar y destruir.

¿Pues qué dirá un leguleyo ante un deseo joven que consista no en liberarse del deber hispánico, no en aislar su particular destino del destinó nacional, sino en encontrar la disciplina grandiosa a que someterse? Es el milagro optimista del pueblo ruso, del pueblo italiano, del pueblo alemán, de todos los que han superado el régimen liberal burgués y realizan hoy su tarea colectiva, su plan magnífico, su aventura.

¡Abajo los leguleyos!

(«La Conquista del Estado», n. 17, 4 - Julio - 1931)

A nadie puede extrañar esta especie de apoteosis de Lerroux. Es un hombre de talentos indudables, que permanecía en segunda fila injustamente. En los últimos años era norma de los jóvenes demoliberales burlarse un poco de la vejez ideológica de Lerroux, sin darse cuenta de que ellos eran de ideas, por lo menos tan viejas, pero sin la disculpa de los años que aquél tiene. Las circunstancias han permitido, sin embargo, que Lerroux adquiera ahora gran relieve y destaque las posibles cualidades de hombre de gobierno que posea.

En modo alguno podemos nosotros prestar al señor Lerroux el más mínimo aliento. Es hombre de otra época, ajeno a la peculiar emoción revolucionaria que informa al mundo nuevo. No obstante, nos explicamos muy bien su éxito entre los rezagados, a más de que su prestancia de caudillo, su auténtico porte de jefe, merecen nuestra simpatía. Al comentar la política española de hoy, no ha de olvidarse que sus hombres se mueven en un orbe de ideas totalmente caducas y que la ruta que se desea imprimir a la supuesta revolución realizada adolece de anacronismo perfecto. Lerroux se destaca precisamente hoy porque su adhesión a la política demoliberal es sólo teórica, pues todo el mundo sabe que en funciones de gobierno Lerroux actuaría con férrea autoridad.

Ahora se levanta Prieto e intercepta la ruta triunfal de don Alejandro. Nuestros lectores saben que en varias ocasiones hemos señalado en Prieto cualidades valiosas. Nos place, pues, verle en peleas decisivas, planteando de un modo audaz los problemas políticos. Prieto es hoy uno de los pocos hombres con talento y energía suficiente para dar cara con toda la responsabilidad a las situaciones más graves. Después de los juicios que antes expusimos sobre el partido socialista parecerá extraño a algunos que elogiemos a Prieto, que figura en ese grupo. La razón es bien clara. Indalecio Prieto no es hombre de emoción socialista -por fortuna para él, claro- ni sacrificará su acción política a una fidelidad cuyos imperativos no le hostigan, sin duda, muy profundamente. Por ello, nosotros presentimos para en breve una gran escisión en el seno del partido socialista, que tendrá por eje una actitud grandiosa de Indalecio Prieto.

Ahí está ahora, frente a Lerroux, dando paso al primer gesto que ha conmovido a la política republicana. Es posible que las futuras intervenciones de Prieto originen en nuestro país dificultades imprevistas, que sean causa de amplísimas reformas en el estilo político que hoy prepondera. Así, lo natural para casi todos era en estos momentos un gobierno Lerroux. Prieto ha hecho tambalear el equilibrio con sólo unas palabras. No estamos conformes si Prieto pretende con ello encargar al partido socialista del Poder. Pero sea como quiera, basta con turbar el primer sueño de los buenos burgueses, que ya se prometían horas muy templaditas. Lo único fecundo hoy es plantear dificultades, impedir la facilidad y la salvación sencilla. No hemos dado cara aún a esos minutos tremendos que toda revolución alumbra, en los que se fragua la genialidad de la nueva política que en ella nace.

Por eso, todos los fenómenos que ahora advirtamos, representativos de una tendencia a petrificar el régimen, merecen repulsa unánime de los temperamentos revolucionarios. Prieto lo es, en opinión nuestra, y por ello esta pugna con Lerroux, en cuanto no signifique pugna socialista frente a quien les cierra las veredas, nos agrada de modo rotundo.

(«La Conquista del Estado», n.17, 4 - Julio - 1931)