JONS (Número 1)

Las JONS lanzan su Revista teórica, es decir, sus razones polémicas frente a aquellas de que dispone y maneja el enemigo. El Partido dará así a la juventud nacional española una línea de firmeza inexpugnable. No sólo la consigna justa, la orden eficaz y el grito resonante, sino también las razones, el sistema y las ideas que consigan para nuestro movimiento «jonsista» prestigio y profundidad. La Revista «JONS» no será para el Partido un remanso, un derivativo que suplante y sustituya en nuestras filas el empuje elemental, violento, el coraje revolucionario, por una actitud blanda, estudiosilla y «razonable». No. «JONS» será justamente el laboratorio que proporcione al Partido la teoría revolucionaria que necesita. No hará, pues, un camarada nuestro el gesto más leve, la acción más sencilla, sin que sirva con rotundidad lógica a una teoría revolucionaria, a unos perfiles implacables, que constituyen nuestra fe misma de españoles, nuestro sacrificio, nuestra entrega a la España nuestra.

Aquí aparecerán, pues, justificadas con cierta rigidez, con cierta dureza, las orientaciones del Partido. A ellas han de permanecer sujetos los propagandistas y los organizadores locales que hoy piden al movimiento bases teóricas, doctrina «jonsista». Porque las JUNTAS DE OFENSIVA NACIONAL-SINDICALISTA no disponen sólo de un estilo vital, es decir, de un modo de ser activo, militante y revolucionario, que es el alma misma de las juventudes de esta época, sino que, a la vez, disponen de una doctrina, de una justificación, de un impulso en el plano de los principios teóricos.

Ahora bien; ya tiene razón -sin más razones- nuestro movimiento cuando declara estar dispuesto a combatir violentamente a las fuerzas marxistas. Para hacer eso, basta permanecer fiel a algo que es anterior y primero que toda acción política, que toda idea y toda manifestación: el culto de la Patria, la defensa de nuestra propia tierra, de nuestro ser más primario y elemental: nuestro ser de españoles. Quede esto dicho con claridad, en primera y única instancia: para combatir al marxismo no hacen falta razones, mejor dicho, huelgan las razones.

Pero el movimiento JONS es antimarxista y otras cosas también. Lo necesitamos todo. Pues las generaciones que nos han antecedido de modo inmediato, nos hacen entrega de una herencia exigua. Algún hombre aislado, de gran emoción nacional y de gran talla. Pero ningún lineamiento seguro, ningún asidero firme en que apoyarnos. Todo hemos de hacerlo y todo lo haremos. Buscando, frente a las ausencias inmediatas, las presencias lejanas, rotundas y luminosas del gran siglo imperial, y también de los años mismos en que aparecieron por vez primera nuestros haces, nuestras flechas enlazadas: la unidad nacional, la realidad histórica de España, los signos creadores y geniales de Isabel y de Fernando.

El movimiento JONS es el clamor de las gentes de España por recuperar una Patria, por construir -o reconstruir- estrictamente una Nación deshecha. Pero también la necesidad primaria del pueblo español en el orden diario, el imperativo de una economía, el logro de pan y justicia para nuestras masas, el optimismo nacional de los españoles.

En fin, camaradas, al frente de este primer número os pido fe en las JONS, fe en las consignas justas del partido, fe en España y fe en el esfuerzo de la juventud nacional. Pues con ese bagaje haremos la revolución y triunfaremos.

(«JONS», n. 1, Mayo 1933)

Informe político para el Partido

En abril de 1931 era efectivamente insostenible, indefendible, la realidad política de la monarquía. Ahí radica, quizá, la licitud del hecho revolucionario que presentó a los españoles la posibilidad de un salto airoso. Pudo entonces pensarse que el simple advenimiento de la República conseguiría afirmar y robustecer la expresión nacional, basando su ruta en los más limpios valores de nuestro pueblo. Ello era bien difícil, sin embargo, porque la revolución fue iniciada o impulsada en nombre de dos tendencias políticas igualmente recusables como engendradoras de ciclo alguno valioso.

Esas dos fuerzas, únicas que iban a colaborar en la constitución del Estado nuevo, tienen estos rótulos: burguesía liberal y marxismo. Ninguna otra cosa, ninguna organización que no sea lícito incluir en esas dos denominaciones, tuvo vida efectiva, realidad «política» efectiva, en aquellos meses primeros de la República ni aun siquiera la tiene hoy mismo. No hemos conocido, pues, en los dos años de vigencia del régimen, otra pugna política que ésa: de un lado, burguesía liberal, de derecha, de izquierda o de centro, con unos afanes que se limitan y concretan a implantar en España una democracia parlamentaria. De otro lado, las fuerzas marxistas, agrupadas casi totalmente en el partido socialista.

Siendo está la realidad política sobre la que se operaba y edificaba la revolución de abril, eran facilísimamente previsibles estas dos cosas: Primera, que las nuevas instituciones quedarían al margen de la autenticidad española, de espaldas al histórico imperativo que antes dijimos daba licitud a la revolución, el de dar conciencia nacional, española, a los españoles; segunda, que correspondería al partido socialista el control efectivo del nuevo régimen; es decir, que se inauguraban en España las etapas rotundas y claras de una revolución socialista.

La pugna entre la burguesía liberal, cuyo más caracterizado representante es Lerroux, y el marxismo, tuvo bien pronto efectividad en la política republicana. Recuérdese el episodio Lerroux-Prieto, ya en el mes de julio de 1931. Lerroux fue vencido, naturalmente, y desde aquella hora misma la balanza revolucionaria tuvo una franca preferencia, una segura inclinación hacia los intereses, las ideas y las posiciones del partido socialista.

Así era y así tenía necesariamente que ser. La democracia burguesa y parlamentaria está hoy por completo, en todo el mundo, vacía de posibilidades, ajena a la realidad social y política de nuestro tiempo. Sólo el hecho de aparecer en España al filo de una «revolución fácil» como la de abril puede explicar que hoy se agrupen grandes núcleos de españoles en torno a esa fórmula ineficaz y boba. El marxismo, venciendo a Lerroux, no realizaba, en efecto, una empresa de romanos.

Ahora bien, esa imposibilidad revolucionaria, histórica, de que las fuerzas demoliberales desplazaran al marxismo, puso ante España el peligro, notoriamente grave, de una plenitud socialista de franco perfil bolchevique. Si ello no ha acontecido aún se debe a que las etapas de la revolución española, que ha tenido que ir pasando por una serie de ilusiones populares, se caracterizan por una cierta lentitud. A la vez, porque, afortunadamente, el partido socialista no posee una excesiva capacidad para el hecho revolucionario violento, cosa a que, por otra parte, no le habría obligado aún a realizar la mecánica del régimen parlamentario y, además, que existen grandes masas obreras fuera de la disciplina y de la táctica marxistas. Por ejemplo, toda la C.N.T.

Sin presunción alguna, declaramos que toda la trayectoria política desde abril, ha sido predicha por nosotros con cabalísima exactitud. Ello era, desde luego, tarea sencilla y fácil. Bastaba un ligero conocimiento de lo que es una revolución y conservar un mínimum de serenidad para advertir la presencia de los hechos en su relieve exacto. Hace ya, pues, muchos meses que la única tarea en realidad urgente para todos cuantos dispongan de una emoción nacional que defender frente al marxismo sombrío, antiespañol y bárbaro, era la de romper esa dualidad a que nos venimos refiriendo; es decir, presentar en el ruedo político, donde forcejeaban radicales y socialistas, una tercera cosa, una tercera tendencia, algo que lograse, de un lado, la eficacia constructiva, nacional y poderosa que la burguesía demoliberal no conseguía ni podía conseguir y, de otro, que dispusiese de vigor suficientemente firme para batir al marxismo en su mismo plano revolucionario y violento.

Ni por la derecha ni por la izquierda ha sido comprendido ese clamor, advertida esa necesidad. Claro que ello significaría que España levantaba, efectivamente, su gesto histórico, casi desconocido y oculto desde hace nada menos que dos siglos. En vez de eso, hubo las jornadas insurreccionales de agosto, el golpe de Estado de Sanjurjo, al grito, no se olvide, de «¡Viva la soberanía nacional!», con que solía también finalizar sus proclamas Espartero. Era inminente entonces el Estatuto de Cataluña y ya una realidad el triunfo del partido socialista sobre Lerroux. El fracaso del golpe de agosto hizo que la situación incidiese de nuevo en las características que venimos presentando con insistencia: democracia parlamentaria o marxismo.

Así seguimos, pues fuera de la acción de nuestro Partido, juzgada, presentada y perseguida por el Gobierno como actividad fascista, no hay nada en el horizonte de España que tienda a romper esa limitación. No es preciso hablar de los esfuerzos de organización que los elementos llamados de «derecha» realizan con cierta profusión, porque no han sido capaces de incorporar nada, presentándose en la política como partidarios de esas formas mismas que venimos señalando como fracasadas e impotentes. En efecto, los periódicos y partidos que representan a lo que se denomina «las derechas» -caduca rotulación que es preciso desterrar, como esa otra de «izquierdas»- se han unido a los clamores de la democracia parlamentaria, suspiran por ella todos los días, traicionando así el deber en que se hallaban de favorecer la presencia de una nueva política, del tipo y carácter de la que hoy aparece en todo el mundo como triunfal y victoriosa, recogiendo en sus fuentes más puras el afán que todos sentimos de arrancar de una vez la carátula de desgracias, decadencias, complejos de inferioridad o como quieran llamarse, que define y destroza la faz auténtica de España.

Redactamos este informe en las horas mismas en que se resiente el actual Gobierno Azaña bajo la presión obstruccionista. No sabemos qué acontecerá; pero sí que sea lo que quiera, no ha de contradecir ni una de las afirmaciones que hemos hecho. Podrán o no irse los ministros socialistas. Es lo mismo. Porque lo verdaderamente esencial es que si el partido socialista retira sus ministros lo hará con la exacta garantía de que el nuevo Gobierno no manejará resortes «nacionales» contra el marxismo; es decir, que no se unirá o será influido por el tipo de política a que tienden de modo fatal las situaciones políticas que, por unas u otras causas, dan batalla al marxismo. Este peligro lo advierten hoy los socialistas en un Gobierno Lerroux. En opinión nuestra, de modo infundado, porque a Lerroux le adornan todas las solemnes decrepitudes de la burguesía liberal y parlamentaria.

Los socialistas, su táctica y su técnica marxistas, son el auténtico peligro, dentro o fuera del Poder. Dentro, porque todos los españoles deben tener la seguridad de que prepararán de un modo frío, implacable y sistemático la revolución socialista. Fuera, porque si dimiten es con la garantía de que serán respetados, guardados y defendidos sus reductos.

Si alguna conclusión se deduce lógicamente de este informe, que creemos justo y verdadero, es la de que nuestro Partido, las JONS, se encuentra en la línea de la eficacia más segura. Es lícito que proclamemos que, o se extiende y organiza el Partido hasta alcanzar la fuerte adhesión de los mejores núcleos españoles, con capacidad para comprender o intuir nuestro doble y cruzado carácter «nacional y sindicalista», «sindicalista y nacional», o bien España es fatal y tristemente una presa socialista; el segundo experimento mundial de la revolución roja. El dilema es implacable. O esto o aquello. Así de simple, de sencilla y dramática es la situación de España, como lo es, en resumen, la situación misma del mundo.

O las flechas «jonsistas» imponen su victoria insurreccional contra el marxismo o el triunfo de la revolución socialista es seguro.

(«JONS», n. 1, Mayo 1933)

En esta sección desfilarán por nuestra Revista los hombres y los partidos políticos que hoy trabajan y combaten por influir en el futuro de España. Traeremos, pues, aquí, el juicio que nos merecen, la crítica de sus tendencias y de sus pasos. Con un propósito que se enlaza con el propósito general de la Revista: Definir, señalar y destacar la significación nuestra. Se logra esto de muchos modos, y no es el más oscuro este que elegimos aquí. ¿Qué pensamos de estas gentes y de aquellos grupos? La política es en gran parte -en su mayor parte- cosa personalísima, que se nutre de lo que hay en los hombres, en cada uno de ellos, de más peculiar y característico: su relieve, su palpitante presencia. Los partidos son los que están ahí, disputándonos a nosotros y a los demás la adhesión de los españoles. Hemos de moverle polémica, más o menos dura, claro, según proximidad o lejanía a lo que nosotros significamos y somos.

Hoy hablamos de dos hombres, de dos nombres: don Ramiro de Maeztu y el Comandante Franco. Y de un partido: Acción Popular. En números sucesivos espigaremos en la amplitud española otros partidos y otros nombres.

Don Ramiro de Maeztu

Bien puede destacarse a Ramiro de Maeztu como un intelectual y un político de hondas sinceridades y de hondas razones. Algunos, con frívola actitud y turbia intención, pueden negarle y de hecho le niegan ambas cosas. Pero quien tenga capacidad de ordenación para los usos y tareas intelectuales y quien mire y aprecie el revés auténtico de las decisiones políticas, verá en Maeztu el genuino representante del hombre cuya línea de acción obedece y sigue unos perfiles sistemáticos, es decir, profundos, articulados y serios.

Hoy nosotros lo consideramos como uno de los pocos españoles capaces de ofrecer los valores perdurables de España, en forma grata, a las juventudes estudiosas y exigentes, esto es, con rigor conceptual y firmeza de emoción auténticamente española. Nadie ha realizado hasta ahora semejante importantísima labor: presentar de un modo inteligente, resuelto y vigoroso la verdad histórica de España, su rango, su fuerza y sus razones. Había, sí, la emoción y los datos en tal cual libro sabio y nacional de Menéndez Pelayo. Y tales cuales atisbos líricos en oradores de partido lírico. Pero faltaba esta otra tarea, que nadie mejor que Maeztu puede hoy acometer en España: el estudio sistemático, conceptuoso y penetrante que ofrecer a juventudes desviadas, pero exigentes y finas.

Este es el aspecto de Maeztu que nos interesa y que aquí ofrecemos con elogio. Ningún otro. Tenga por seguro que la política de las JONS no es su política, ni le seguiremos en lo que sobre este campo realice hoy de modo concreto. Hemos perdido toda la fe -si es que podemos haberla tenido- en ideas y remedios que él, sin duda, cree aún valiosos. Vamos hacia adelante, a descubrir ideas y remedios nuevos, con fe en nuestro carácter de españoles; pero solos, sin nortes antiguos ni añoranzas. Además, están ahí las masas populares, esperando de «lo nacional» su salvación histórica, sí, pero también su salvación diaria y concreta en el dominio de la economía. Les ofrecemos emoción nacional, mas también sindicatos justicieros y fuertes, aunque tiemblen y nos abandonen los burgueses.

Esperamos los estudios de Maeztu sobre la Hispanidad con impaciencia, y sepa que nuestros camaradas de las JONS los requieren, necesitan y se afanan por darles continuidad en el plano de los hechos.

El Comandante Franco*

No es ahora la primera vez que desde nuestro campo nacional-sindicalista y revolucionario tendemos hacia el comandante Franco una mirada escrutadora. Lo vimos aparecer hace dos años en la lucha democrática de entonces con estilo y eficacia. Pudo ser, a raíz de la República, por su inmediata disconformidad con aquel primer Gobierno liberal-burgués, por su voluntad decidida de intervención revolucionaria, por su juventud y orígenes de milicia, el hombre de la intuición española e implacablemente «nacional y sindicalista», que hizo falta en aquellos meses turbios y decisivos.

Franco prefirió seguir a la deriva, sin norte rotundo ni emoción nacional alguna, entregado a la vía estrecha, negativa y ruinosa de unos ideales revolucionarios infecundos y secos. No comprendió que su rebeldía y su protesta contra aquella otra España de «antes de abril» podía sólo justificarse histórica, juvenil y nacionalmente si se empleaba y utilizaba en hacer duros y vigorosos los ideales españoles que entonces aparecían denegados y mustios. En vez de eso, Franco se unió con ceguera terrible a los negadores de «lo español», a sus desviaciones lamentables, sin procurar atraerlos él a sí, uniendo el posible vigor de aquéllos a una causa de otro rango, que inaugurase la reconstrucción de la España nuestra.

No pudo ser, repetimos, «nacional y sindicalista», creyendo ser quizá esto último con pureza, y no fue ni una cosa ni otra. No fue nada. Triste pelele de unos y otros, gastó su entusiasmo, su voluntad de acción en salvas infecundas, a extramuros de la verdad social y nacional de España.

Hemos asistido a esa trayectoria con dolor, que creemos ya irremediable y fatal. ¿Podrá Franco levantar de nuevo en vilo su fervor español y revolucionario, uniéndose a algo que luche heroica y auténticamente por recuperar para España su fortaleza, su vigor y su libertad? Quizá, pero nosotros, que desde hace dos años tenemos fija la mirada en el Comandante Franco, inquiriendo con exigencia crítica sus pasos, declaramos nuestro radical pesimismo. Pero así como nos equivocábamos hace dos años, en «La Conquista del Estado», siendo optimistas en cuanto a las posibilidades «nacionales» de Franco, pudiéramos ahora equivocarnos siendo pesimistas. Veremos.

Acción Popular

Las circunstancias españolas, sobre las que hay que moldear en esta hora todos los juicios y todos los actos, consisten en que está sobre el país, acampada en él, una tendencia revolucionaria de tipo marxista. Ya en las primeras semanas que siguieron al hecho de abril pudo advertirse que ésa era la realidad más grave: el predominio del espíritu socialista en la revolución republicana democrática.

Acción Popular nació en aquellas jornadas subsiguientes a la República. Como un primer refugio defensivo, como una concesión inmediata al plano de la política entonces surgida, como un título que autorizase la pugna en los recintos de la nueva legalidad.

Mientras Acción Popular fue eso, no fue, naturalmente, un partido, sino una masa informe de gentes, con un número exiguo de coincidencias. Pero con una significación rotunda y destacada: era una agrupación electoral que se sometía «a priori» a las normas aún desconocidas del nuevo régimen, que se disponía a regatear las concesiones que en nombre de lo antiguo era posible o conveniente facilitar de grado a lo nuevo. (Así la primera lección recibida fue la de que las revoluciones no necesitan que se les conceda de gracia nada; lo toman por sí, con la coacción o violencia que emana de su propio carácter.)

No era, pues, difícil predecir el relativo fracaso de la nueva entidad conservadora. Así y todo, en aquellos meses turbios, durante los cuales todo lo antinacional, infecundo y destructor hallaba cobijo en las esferas oficiales, Acción Popular mostraba una cierta adhesión a valores perdurables de España, y ello explica su éxito numérico inmediato entre todos los sectores que por las razones más varias se sentían enemigos y desligados de la situación triunfante.

Desde la hora misma en que la revolución de abril adoptó el perfil marxista, y ello aconteció a los dos o tres meses, estaba descartada la ineficacia de los métodos que adoptaba Acción Popular, del espíritu con que se presentaba a la lucha, de la pobreza o candor ideológicos con que se equipaba para medir sus armas con las que esgrimían los partidos de abril. Ahora bien, fracasase o no -que sí fracasó- en su afán de influir en la elaboración constitucional, machacando alguna uña de la fiera, esto es, limando los antis furiosos de los que llegaban, no por eso hemos de negarle licitud, buena fe y derecho a ser considerada y estimada por las fuerzas antimarxistas como la nuestra, y agradecer aquellos trabajos de organización que realizó en los primeros meses.

Hay, pues, dos etapas clarísimas en la ruta de Acción Popular. Una comprende su primer período, aquél en que no aparecía como partido; esto es, como organización que se distingue por una táctica, unas afirmaciones ofensivas -un programa peculiarmente suyo- y una disciplina, sino más bien como un terreno neutral donde gentes diversas podían encontrar «transitorio» acomodo político. En esta primera etapa fueron ya muchos los reparos que brotaban frente a ella. Y no aludimos a su consigna sobre las formas de Gobierno, pues acerca de este particular son las JONS a quienes más sin cuidado le tienen esas cosas, sino a algo más hondo, grave e importante, como es su carácter blando y antimoderno, su cercanía de una parte a las viejas formas liberal-conservadoras, y de otra, a los tristes partidos sturzianos de Europa, su total desvío de la cuestión fundamental española, que es la de mantenerse en pie como Nación digna y una, etcétera.

Estas características que ya los fundadores primeros imprimieron a Acción Popular se destacan con más relieve en su segunda etapa, la actual, en que ya aparece como un partido, con una unidad de disciplina, de acción y de programa.

Frente a él, ante él, hemos de situarnos. Acción Popular es hoy un partido que puede ocasionar a nuestro movimiento jonsista el perjuicio de arrebatar de sus filas un sector de juventudes católicas, a las que una interpretación tendenciosa y una educación política falsa pueden situar a extramuros de la causa nacional-española, para convertirlas en adalides de una ruta desviada, como la que puede ensayarse en Bélgica o en Sumatra, pero indefendible, perturbadora y enemiga en la España nuestra.

Acción Popular, dirigida por Gil Robles y siguiendo las orientaciones teóricas superiores de don Ángel Herrera**, tendrá derecho a que se le unan los sectores pacíficos, escépticos de «lo español» y que tengan poca gana de vencer «dificultades difíciles». Puede propagar en España esos tristes ensayos que fueron el populismo de dom Sturzo, la democracia cristiana y el equilibrio electoral de los belgas, conformistas y desilusionados de las grandes victorias que otros, sin embargo, obtienen fuera de aquí.

Las JONS están bien lejos de todo eso. Nos ilusiona la gran España posible y queremos luchar, como sea y donde sea, por conseguir ese triunfo. Pero no dejaremos de ver en amplios sectores de Acción Popular gente muy afín que sueña nuestras mismas cosas, y a las que habrá que conquistar para nuestro fervor nacional-sindicalista, para nuestra angustia de las masas españolas sin pan y sin justicia, para nuestra eficacia y nuestra lucha.

La oposición de los jefes de Acción Popular a todo posible fascismo son hondamente sintomáticas. Pues no la hacen en nombre de una más pulcra fidelidad a nuestro propio destino de españoles, al signo y genio creador de España -que es desde donde nosotros miramos con cuidado y prevención al fascismo-, sino porque encuentran en éste vitalidad nacional, fuerza de masas militantes y activas, voluntad revolucionaria, eficacia combativa. Cosas que, erróneamente, creen estos señores, en pugna con supuestas normas espirituales que todos respetamos, sentimos y queremos.

* Comandante de Aviación Ramón Franco Bahamonde.
** Ángel Herrera Oria, director del periódico católico «El Debate».

(«JONS», n. 1, Mayo 1933)

Igualamos al que más en fervor proletario, en afanes de justicia para las masas trabajadoras. Por eso la presencia de una fiesta suya, que ellos celebran con alegría y ruido, produce en nosotros, trabajadores y proletarios asimismo, una inmediata reacción de simpatía.

¡Bien por la fiesta obrera, que muchas otras fiestas de otros, al cabo del año, son para los trabajadores jornadas laboriosas!

Pero estos primeros de mayo no son sólo fiestas proletarias, sino fiestas marxistas; las guía un culto a esa cosa fría, antinacional y bárbara que es el marxismo. Por eso los comentarios nuestros de hoy tienen una justificación. No ya los obreros enrolados en las organizaciones marxistas, sino sus capataces, dirigentes y tiranuelos ponen interés en que el Primero de mayo sea «una gran demostración marxista». En efecto, para quien no tenga otros medios de conocer el marxismo, le brindamos por su rotundidad éste: vea lo bien que realizan eso de parar, aniquilar y destruir durante veinticuatro horas la vida civilizada de las gentes. Eso lo hace a maravilla el marxismo: parar, aniquilar, destruir.

¿Quiere decírsenos qué otra explicación que ésa justifica el hecho de que se quiera añadir a la lícita fiesta proletaria un interés sañudo por el paro absoluto, de muerte, hasta de funciones de las que no debe ni quiere prescindir ningún pueblo civilizado?

Nosotros haremos de ese día proletario una auténtica fiesta proletaria y nacional, sin tristeza ni lamentaciones de nadie. El Primero de mayo: día proletario, pero también aquel gran día del imperio español del XVI, en el que dos mundos celebraban el Día de Felipe, el día optimista y fuerte para la divina cosa de ser español.

(«JONS», n. 1, Mayo 1933)

El nacional-socialismo en el Poder

Hasta la toma del Poder, Hitler era un genio de la organización y de la agitación políticas. Había derecho a negar que fuesen sinceros quienes no le reconocían esa virtud formidable. Ahí estaban, rígidos, disciplinados y poderosos, quince millones de alemanes proclamándolo rotundamente. El movimiento nacional-socialista creado en torno a Hitler se fundía con la autenticidad alemana. Su clamor, sus aspiraciones y sus ímpetus eran los verdaderos del pueblo alemán. Sobre ello no podía haber duda por parte de nadie que conservase una dosis ligerísima de capacidad para enjuiciar hechos políticos.

Ahora bien; en el movimiento hitlerista, mejor dicho, en Hitler mismo, había una incógnita tremenda. Todo el mundo podía preguntarse lícitamente si una vez conseguido por Hitler el Poder conservaría su figura y su prestigio el rango antiguo. Es decir, si Hitler, genio de la organización y de la agitación, era también un genio del mando político, un constructor de instituciones, un hombre de Estado.

Naturalmente que esa incógnita estaba ya resuelta de un modo afirmativo para quienes admiraban y seguían con entusiasmo su ruta de triunfos. Por ejemplo, los millones de alemanes adictos al partido. Pero no para los demás ni para los espectadores extranjeros, aun incluyéndonos entre éstos a nosotros, los de JONS, que en fidelidad a «lo nacional» y en angustia social andamos por análogos parajes.

Hitler es Canciller de Alemania desde hace tres meses. No corresponde a su Movimiento la totalidad del Poder, pues está en manos de políticos más o menos afines la mayoría de los ministerios. Este hecho, que alarma a algunos, inclinando su ánimo a reconocer de un modo pleno la victoria hitleriana, tiene explicación muy sencilla y verdadera. En primer lugar, Hitler sabe que su llegada al Poder supone para Alemania un régimen nuevo, con amplitud de tiempo suficiente para no apresurarse de un modo ciego e impolítico, sino más bien para realizar cada cosa a su hora. Los objetivos que aparecen como fundamentales en el movimiento de Hitler son estos dos: vigencia de la autenticidad alemana, es decir, sustitución de marxistas y judíos en el Gobierno y dirección de Alemania por hombres, ideas y sentimientos alemanes. Y el segundo: proceder revolucionariamente a la implantación de nuevas normas económicas, financieras y sociales que impidan el hambre de millones de alemanes en paro forzoso, la tiranía rentística a que los grandes especuladores bancarios -casi todos judíos- someten a la población alemana, la dependencia económica del extranjero, la solidaridad social.

Naturalmente, la primera preocupación del régimen nacional-socialista fue la de consolidar y afirmar sus posiciones frente a los terribles enemigos de su victoria. Y además, hacer cara a las tareas diarias, inmediatas e inaplazables que trae consigo la gobernación pública. No es, pues, extraño, ni puede considerarse con recelo, que gran número de ministerios quedasen fuera del control, personal de los hitlerianos. No se olvide que el partido de Hitler tenía una tradición de combate permanente, de grandes peleas políticas, y sus hombres eran indiscutiblemente más expertos en lides polémicas -a que les obligaba el carácter mismo revolucionario del partido- que en esas otras experiencias administrativas y de burocracia jurídica propias del funcionamiento normal del Estado. En ese trance, Hitler, con magnífico buen sentido, puso los ministerios en manos diestras, lo suficientemente afines para colaborar con los «nazis» en aquel primer objetivo que antes señalamos: la organización de la expresión alemana, la desarticulación del formidable aparato marxista. ¿No hizo eso mismo Mussolini los primeros dos años de fascismo, en que no se le ocurrió la equivocación de llevar al Gobierno a los jefes de sus escuadras?

Pero ahora Hitler, como antes Mussolini, sabe muy bien que es su partido el que posee la clave de los mandos esenciales y que todas las personas aisladas o los grupos que les ofrezcan colaboración no sirven en realidad otras metas que las que Hitler y su partido representan. Los tres meses de Gobierno transcurridos permiten advertir la notoria realidad de todo eso. Quien representa el centro vigoroso sobre que se agrupan las expectaciones es el partido nacional-socialista. El mismo día recibe su jefe la adhesión de los Cascos de Acero -fuerza, no se olvide, hasta ahora ajena al movimiento de Hitler, surgida con otra mentalidad y otras preocupaciones- y el acatamiento de gran número de sindicatos socialistas. El es, pues, la realidad y la esperanza de Alemania.

Ahora bien, la gran prueba será, naturalmente, el día en que Hitler y su Gobierno lleguen a las cercanías del segundo objetivo: la reforma radical del régimen económico y financiero de Alemania. Nosotros creemos que ese día llegará y que los nacional-socialistas cumplirán sus compromisos, que, más que de programa, son compromisos de la realidad social alemana. No pueden sortearse ni ser tampoco ignorados. Y es sólo de su feliz solución de donde depende el futuro triunfal de este gran movimiento, cuyos pasos primeros tan legítima admiración produce hoy a todos nosotros.

No es España precisamente el país desde donde hoy puede ser juzgado con cierta objetividad el hecho alemán. Domina aquí, con insistencia absurda, el afán oficial de presentarnos como el refugio de todas las ideas y de todas las políticas ensayadas y fracasadas por los otros. Se odia en esas esferas, sin comprender nada de él, al movimiento de Hitler. Y así acontece que, siendo quizá España el único país que podía justificar hoy ante el mundo la acción antisemita de Alemania -ya que ella misma tuvo en ocasión memorable que defender su expresión nacional y su independencia contra los manejos israelitas-, se convierta hoy en la tierra de promisión para los judíos y vengan aquí los que huyen de lo que llaman «su patria alemana», de donde, después de todo ni se les expulsa ni se les persigue de modo alguno antihumano. Claro que tanto el arzobispo Verdier, en Francia, como «El Debate», en España, se han unido a la protesta de los judíos contra la persecución hitlerista. En España, ciertamente, no existe hoy problema judío. Pero, ¿no llegará a haberlo -y pavoroso- si desde los católicos de «El Debate» hasta los radicales socialistas ofrendan nuestro suelo a todos los que hoy huyen y escapan de Alemania?

(«JONS», n. 1, Mayo 1933)